¿Os acordáis de que aquellos cursos de Planeta Agostini que acostumbraban a anunciarse sobre el mes de septiembre –cuando todo el mundo tiene ganas de aprender cosas- para hacerte un virtuoso del alemán, la calceta, la reconstrucción de casitas de muñecas con la mano izquierda o tocar los platillos con la nariz por un precio irrisorio?
Pues bien, aquí, en Davis, tenemos algo parecido en versión sofisticado, se llama Colegio Experimental y efectivamente, ahí es donde he aprendido desde funky a esgrima, entre otros… Y como siempre que llega un nuevo cuatrimestre y aparece el nuevo catálogo, recorro ansiosa las páginas en busca de una nueva actividad con la que llenar mi currículum de pequeños proyectos a intentar.
El caso es que por fin, este cuatrimestre, después de años de mirar embobada como a mi alrededor la gente acariciaba –en algunos casos- o aporreaba –en otros- la guitarra, pero eso sí, con mucho salero, y tras un enorme auto esfuerzo para aprender a dar los tres acordes medianamente afinados que necesitas para tocar el 90% de las canciones del siglo XX, -a saber, do, fa y sol- sin racionalizar nada, he decidido cargarme esas seis cuerdas al hombro y perfeccionar esos rasguños.
Ayer comenzamos con Pete, nuestro profe sacado directamente del San Francisco hippie de los 60, y arrancamos algún sonido que pretendía tener carácter blues. Lo cierto es que el hecho de que las notas se llamen -como las calles- como el alfabeto, es un fastidio, pero la cosa promete.
Quedaros con este momento, quizá estéis teniendo constancia ahora mismo del nacimiento de una nueva leyenda del rock and roll… O no.
Adiós
Hace 6 años



