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sábado, 24 de marzo de 2018

EN CUERPO Y ALMA


Hace unos días estaba pensando en la relación que se crea con los diferentes médicos que te visitan en tu vida. Sí, sé que un médico es un profesional más, como puede ser el panadero o el cartero, pero al mismo tiempo, el vínculo que se crea es transcendental -sobre todo en casos de operaciones-. ¿Quién no se acuerda del nombre del médico que le operó de esto o de aquello?

Por ejemplo, hace un poco más de un año, tuve que pasar por una operación quirúrgica aquí en París. El problema fue detectado y valorado con antelación y la fecha fijada de antemano. La operación salió muy bien salvo una pérdida importante de sangre de la que no tardé en recuperarme. El caso es que un poco más de un año después, no guardamos ningún tipo de contacto con el médico que me operó, el responsable que hoy esté bien y contenta. Y sin embargo, esa persona abrió mi cuerpo, trabajó en él y lo cerró. En otras palabras, las huellas físicas de esa persona están en mí.

Por supuesto, todo es cuestión de perspectivas y hay diferentes profesiones que tienen un impacto importante en quienes somos: un buen profesor puede cambiar la manera de entender el mundo y por lo tanto nuestra vida futura al darnos alas, un arquitecto puede diseñar la casa en la que viviremos y tener para siempre su huella en nosotros, etc, etc. Pero sólo un médico llega a tener tu vida –física y mental- en su mano y nuestra existencia en momentos. Y sólo un buen médico llega a crear un eterno agradecimiento de poder estar aquí, la gente querida recibiendo los rayos de un sol tímido que inaugura el principio de la primavera.

domingo, 11 de febrero de 2018

LA NIEVE Y LOS AFORTUNADOS


Esta semana nevó bastante en París. Aquello empezó el lunes por la tarde y no cuajó. Aunque internet nos perjuraba y aseguraba que aquello iba a ir in crescendo, no acabábamos de creerlo. Pero en efecto, el martes fue un día precioso en el que no cesó de nevar ni un segundo: copos, copos y más copos -por cierto, qué bonita la palabra copo ¿no? Su sonoridad me hace pensar en algo pequeño, frágil-. Poco a poco -y copo a copo-, fuimos testigos de cómo las calles de París se iban volviendo grises, blanquecinas, hasta que, por la noche, cuando ya muchos medios de transporte habían dejado de funcionar, todo era un manto blanco.

He de decir que ese día, mientras me quedaba absorta mirando detrás del cristal revolotear esas briznas de nieve sin cesar, me asaltó esa inquietud de Show de Truman que aparece a veces en la vida: ¿no estaremos metidos en una de esas bolas de cristal donde los turistas más pequeños le dan vueltas y vueltas para ver como caen los copos -más bien bolitas de corcho-?

Sea como fuere, al volver a casa, pisando una nieve -, inmaculada, crujiente -otra de mis palabras favoritas-, repasando todos los balcones, coches, bicis, bancos, arbustos, árboles cubiertos de ése tejido tan blanco, se nos abría inconscientemente la boca, y la sonrisa y nos repetíamos que éramos testigos de algo increíble: la nieve intacta. Para los valientes que se atrevían a disfrutarla, para los afortunados de vivir esos regalos del cielo.


Cuando salió del hospital, ni siquiera se dio cuenta de que estaba cayendo del cielo una nieve sin rastros de sangre, cuyos copos tiernos y nítidos parecían plumitas de palomas, y que en las calles de París había un aire de fiesta, porque era la primera nevada grande en diez años.

El rastro de tu sangre en la nieve. Gabriel García Márquez.

martes, 28 de marzo de 2017

TIEMPOS Y ESPACIOS



Il faut, dans ce bas monde, aimer beaucoup de choses,
pour savoir, après tout, ce qu’on aime le mieux.
Les bonbons, l’Océan, le jeu, l’azur des cieux,
les femmes, les chevaux, les lauriers et les roses.

Il faut fouler aux pieds des fleurs à peine écloses;
il faut beaucoup pleurer, dire beaucoup d’adieux.
Puis le coeur s’aperçoit qu’il est devenu vieux,
et l’effet qui s’en va nous découvre les causes.

De ces biens passagers que l’on goûte à demi,
le meilleur qui nous reste est un ancien ami.
On se brouille, on se fuit. Qu’un hasard nous rassemble.

On s’approche, on sourit, la main touche la main,
Et nous nous souvenons que nous marchions ensemble,
que l’âme est immortelle, et qu’hier c’est demain.

A.M.V.H. Alfred de Musset

lunes, 30 de enero de 2017

PIANOS DE ESTACIÓN



Hoy he acabado (por fin), mi Tour de Francia laboral. Desde Octubre, he visitado once laboratorios diferentes distribuidos por diversas localidades de Francia. La verdad que, he visto tan sólo un pequeño coletazo de sitios que no conocía ya que, mi agenda apretada – y la morriña de mi cama-, sólo me ha permitido tocar chufa, pasar un par de días y volver.

Todos estos viajes he tenido la enorme suerte de hacerlos en tren. Vivir en París, además de ser un privilegio por muchos motivos, tiene una enorme ventaja que es que está muy bien conectada con todos los rincones de Francia. Así que, además de los viajes laborales, también he consumido mucho café en numerosas estaciones de tren.

Y de éstas horas consumidas en estaciones, hay algo que me deja todavía estupefacta y es que, gracias a la maravillosa idea que algún día alguien tuvo de poner un piano en las estaciones, he disfrutado de recitales de música increíbles.

El patrón suele ser el mismo en todos los sitios. De pronto, aparece un personaje que nunca asociarías con la buena música –por ejemplo, un chiquillo con pintas de gamberro y escuchar mala música, o un señor de edad avanzada con su maletín de papeles, o una chica demasiado maquillada y muy a la moda- que posa sus manos en unas teclas inmaculadas y a partir de allí, sólo se suceden Rachmaninovs de vértigo, miradas de sorpresa, fugas de Bach, ojos como platos o improvisaciones de jazz basadas en la obra de Miles Davis, como si fuera lo más normal del mundo.

Las pocas personas que prestamos atención, –éste es otro hecho destacable, ¿qué hay más importante que hacer en una estación que escuchar una música angelical regalada por la cara?- nos quedamos, con cara bobalicona, embelesadas mirando escurrirse esos dedos por las teclas. Luego, cuando esa persona anónima se siente demasiado observada, se levanta, echa un vistazo a su reloj y desparece dejándonos desamparados.

En mi caso, toqué el piano durante seis años y aunque tengo los dedos demasiados oxidados todavía echo algunas mañanas siempre que voy a casa de mis padres. Sin embargo, el tema de las estaciones de tren es otro nivel. Muchísimo más profesional y sin absolutamente nada que ver que el ejercitar los dedos un rato. Es como, si alguna institución defensora de la música, hubiera infiltrado algunos de sus agentes para darle un toque de belleza sorpresa al mundo, que bien necesitado anda últimamente. Desde aquí, aplausos a todos esos pianistas incógnitos.

sábado, 8 de octubre de 2016

AL ABRIGO DE LAS PALABRAS



Existe en París, en esta ciudad de belleza –material e inmaterial- absoluta, un lugar donde el tiempo se para y una siente que ahí se habla de lo esencial, de lo importante. Donde la atmósfera se recoge, nadie saca su smartphone, ni su cámara, ni su reloj; tan sólo libros, un respeto cordial y una predisposición a dejarse tocar por bellas palabras.

Este sitio, el club des poetes, al que suelo llevar a mis amigos cuando tengo una mínima oportunidad, se creó hace 55 años por el padre del actual dueño, Blais Rosney, también poeta. Yo lo descubrí tan sólo por casualidad, cuando llegué a París y, sabiendo que estaba en una de las ciudades más artísticas que existen, busqué un sitio donde se hablara de literatura, de poesía y, aunque sorprendentemente no hay tantos como pensaba, dí con él.

Aquí, cada martes, viernes y sábado, se cena si se quiere –totalmente casero, con su cuchillo de barra de pan-, se toma un vaso de vino y a las diez, la luz decae y se recita poesía de memoria –única norma de este sitio-, clamándola, sintiéndola y haciéndola llegar a todos. Una de los aspectos más sorprendentes es que la gran mayoría del público es verdaderamente joven, sin llegar a los 30. Desde mi punto de vista, si existen jóvenes que eligen pasar su noche de viernes recitando poesía, el mundo todavía puede ser salvado por su belleza.

Cuando, hay noches temáticas de poetas –como ha sido el caso de Lorca, el siglo de oro o Pessoa-, la cosa resulta algo artificial. Yo soy de las que opino que la poesía no puede traducirse porque la sonoridad, la caída de una palabra hacia la otra cambia y se transforma en otro poema de baja calidad.

Por otra parte, cuando, en noches como en la de ayer, la noche es libre y cada uno recita lo que quiere –y por tanto, la gran mayoría son de poetas franceses-, recibes, de vez en cuando una punzada de belleza que te anula los sentidos y te recuerda porqué en París, se puede encontrar lo que no existe en ningún otro sitio. Para muestra, un botón:

Nous étions faits pour être libres
Nous étions faits pour être heureux
Comme la vitre pour le givre
Et les vêpres pour les aveux
Comme la grive pour être ivre
Le printemps pour être amoureux
Nous étions faits pour être libres
Nous étions faits pour être heureux

Toi qui avais des bras des rêves
Le sang rapide et soleilleux
Au joli mois des primevères
Où pleurer même est merveilleux
Tu courais des chansons aux lèvres
Aimée du Diable et du Bon Dieu
Toi qui avais des bras des rêves
Le sang rapide et soleilleux

Ma folle ma belle et ma douce
Qui avais la beauté du feu
La douceur de l’eau dans ta bouche
De l’or pour rien dans tes cheveux
Qu’as-tu fait de ta bouche rouge
Des baisers pour le jour qu’il pleut
Ma folle ma belle et ma douce
Qui avais la beauté du feu

Le temps qui passe passe passe
Avec sa corde fait des nœuds
Autour de ceux-là qui s’embrassent
Sans le voir tourner autour d’eux
Il marque leur front d’un sarcasme
Il éteint leurs yeux lumineux
Le temps qui passe passe passe
Avec sa corde fait des nœuds

Nous étions faits pour être libres
Nous étions faits pour être heureux
Le monde l’est lui pour y vivre
Et tout le reste est de l’hébreu
Vos lois vos règles et vos bibles
Et la charrue avant les bœufs
Nous étions faits pour être libres
Nous étions faits pour être heureux

Un Homme passe sous la fenêtre et chante, Louis Aragon

No dejéis de pasar la próxima vez que vengáis a Paris.

domingo, 8 de mayo de 2016

ÁNGELES TERRENALES



Tras un huracán de trabajo, viajes, visitas, entregas, preparaciones y agotamiento, por fin parece que empezamos a vislumbrar algo de reposo. La semana que viene acabo mi curso de francés (el último, al menos durante algún tiempo, ahora toca pulirlo conmigo misma) y mis clases en la universidad (aún a falta del examen). Los días se hacen más largos, la gente está de mejor humor y salir a tomarse algo a la orilla del Sena aprovechando a la vez, los rayos de Sol es oficialmente, uno de las mejores sensaciones de esta época del año. En definitiva, que parece que atrás queda ya la oscuridad y la dureza de las etapas semi-nuevas y sólo queda un presente muy apetitoso.

Así que hoy, me apetece escribir. Y lo voy a hacer sobre este tipo de personas con las que todos nos hemos topado que, si bien son terrenales y de carne y hueso, tiene algo de divino, de celestial. Son lo más parecidos a ángeles guardianes que aparecen repentinamente y nos cuidan, nos hace favores y nos conducen a caminos que de otra manera no habríamos podido llegar.

En mi vida, no han parado de aparecer. De ninguna manera, hoy podría estar donde estoy si no hubiera sido por ellos. Gente que cuando todo se oscurecía tenían una lancha salvavidas con un sitio para ti. Gente que te presentó a otra gente, que te abrió puertas de trabajos, de amigos, de médicos, de amores. Esa maravillosa red de contactos de amigos de amigos (o ángeles de ángeles) que crece y se expande porque tiene propiedades infinitas. Aparecidos en numerosas formas: alegría, esperanza, fortaleza, sabiduría, paz, generosidad, sois demasiados para contaros y nombraros. Aún así, llevo algo de cada uno de vosotros dentro de mí. Mi vida, sin ir mas lejos. Hoy, desde aquí, hoy quiero lanzarles un gracias a todos y cada uno de ellos. Gracias.

domingo, 1 de mayo de 2016

SIMPLEMENTE



Yo lo que creo es que debía mirarme un poquito y no pensar tanto. Me gusta mucho que me mires. Lo hice, y la presión de sus dedos se intensificó. Gracias -dijo-. ¿Probamos a aguantar un rato sin decir nada, a ver qué pasa? Y de pronto, la vida se había remansado en el trecho que mediaba entre sus ojos y los míos, había empezado a fluir transparente y mansa, como las aguas de un río al que te puedes abandonar sin miedo.

Nubosidad Variable. Carmen Martín Gaite.

sábado, 19 de marzo de 2016

LETRA E



Hace unas semanas he empezado a hacer un curso de francés "a la carta” con profesora particular- toda-para-mí, en el que yo le pido que hagamos lo que no domino bien o no entiendo. Muchísimo más eficiente que un curso convencional. El objetivo es perfeccionar y pulir lo que para mí es el aspecto más complicado del francés: la fonética.

El otro día, sin ir más lejos, estuvimos repasando sobre la letra “e” –que no la letra A- y lo cierto es, que esta letra se las trae, al menos en las otras tres lenguas que hablo –desafortunadamente, la gran mayoría de los mortales tenemos que conformarnos con un número limitado de lenguas que dominar-.

Por ejemplo, en francés, ¿porqué la letra "e” si se escribe “e” se pronuncia más bien cómo una “/o/” y su símbolo fonético es una “[ə]”? *  Lo curioso del caso es que, además, casi siempre que veamos una “e” en una palabra, tenderemos a pronunciarlo de esta manera. Sin embargo, en francés, podemos pronunciar el sonido “/e/” a la española, con grafía fonética [e], pero sólo se refiere a unos pocos sonidos (la e cerrada). Y si, si, señores, porque luego existe la “e abierta” ([ɛ] en fonética), que se pronuncia un poco como si un granaíno dijera "/los limoneeee/" (un abrazo desde aquí a mi amigo Javi, que siempre imitaba a los granadinos con esta palabra). Vamos, un lío. Y nótese que no me estoy metiendo con la ortografía, que ahí entraríamos en otra discusión –aunque es cierto que sabiendo diferenciar el sonido, es mucho más fácil escribir bien-.

Y diréis, si… es que el francés, se las trae. Ya, ya… Pero bueno, los catalanes también tienen sus “e” sonoras y sus es sordas –no sorprendente, ya que tiene mucha similitud con el francés-. Pero, si nos vamos a un idioma sajón, el inglés… ¿A qué llamar a la letra “e”, /i/?, Amos venga.

De todas formas, puede parecer ésta una publicación quejumbrosa, pero no lo es. En realidad, me está gustando esto de la fonética. Algo tan simple como aprender un alfabeto y utilizarlo, parece una pérdida de tiempo, pero resulta que luego vamos a poder aplicarlo allá donde vayamos, y eso, es una inversión de futuro. Entrenar tu lengua, tus dientes y tus labios a que pronuncien sonidos jamás pronunciados es, cuanto menos, un reto. Y mi reto –y mi plan secreto, y uno de mis sueños- es, que un día los franceses no sean capaces de diferenciarme de otro de sus compatriotas –al menos, desde el punto de vista lingüístico-.


* El sonido del alfabeto fonético se representa entre corchetes y la pronunciación entre barras

sábado, 5 de marzo de 2016

CLÁSICOS


Ayer mientras abría mi paraguas plegable al caer unas gotas, empecé a pensar en lo curioso de la naturaleza de los paraguas.

El paraguas es ese objeto que tiene unas propiedades bien definidas y demostrables. En primer lugar, están los paraguas plegables, aparentes ganadores de una posible ley de selección natural paraguística. Todos y cada uno de nosotros, hemos tenido una buena retahíla de paraguas plegables que se han roto después de unos cuantos usos o se han perdido en bares, clases, casas, etc. En mi caso, ése número oscila entre los 30 y 40. Por eso, ya hace algunos años decidí que ya era suficiente y que iba a cambiarme al otro, al paraguas grande, al que te cobija y realiza su función de parar-el-agua.

Los paraguas grandes, en efecto, son bastante aparatosos y si no llueve, parece que vayas a hacer una excursión a la montaña, pero… ¿y si llueve? ¿Lo protegida que te encuentras en esa pequeña cueva que se abre y que soporta todo tipo de ráfagas de viento? Si bien eso es cierto, eso no evita a que continuemos olvidándolos de nuevos en sitios variopintos y su ausencia sea notada al día siguiente.

Por otro lado, un paraguas es algo que viene de otro siglo -o siglos- atrás y tiene un carácter marcadamente romántico. ¿Cuantas fotos habremos visto de una pareja besándose debajo de un paraguas; un paraguas abandonado en una estación de tren o Mari Poppins surcando los cielos, por ejemplo?. Eso sí, aquí si que resulta estrictamente necesario que sea un paraguas grande, el que crea la cueva y protege a dos personas, por lo menos. Un paraguas colgado al brazo da un aire de jugador de esgrima, elegante, serio, inteligente. Casi casi, me atrevería a decir que es un objeto estético, como lo pueden ser ahora las gafas de pasta –cosa que nunca entenderé, desde el punto de vista de una ex-miope o miope-operada-.

En cualquier caso, a pesar del marcado carácter estético de un paraguas, tengo la sensación que aunque sea un modo rudimentario de guarecernos de la lluvia, creo que todavía no se ha inventado la tecnología que nos proteja del mismo modo que lo hace un paraguas. Si, ha habido intentos -veánse los chubasqueros y los goretex-, pero allí no se crea un ambiente de protección, de hogar pasajero; sino que evitas que la lluvia moje tus ropajes, que es algo bastante diferente. Y no me meto en este tema, pero lo mismo podría decir de su primo-hermano, la sombrilla o parasol.

En mi caso, en este momento, poseo dos paraguas. El primero, plegable con dibujos de alces, lo compré en una tienda des recuerdos de Estocolmo el otoño pasado y creo que le quedan tres o cuatro usos. El pobre no soportó la primera racha de viento que le dio de pleno y tiene al menos dos varillas rotas. Sin embargo, si la lluvia no es muy fuerte, guarece y protege. Así que lo llevo conmigo en el bolso por si cae chiribiri. El segundo, es un maravilloso paraguas XXXL de colorines varios que mi amiga MCarmen –un beso desde aquí- me regaló traído directamente de los Países Bajos –donde llueve, llueve y llueve-. Ese paraguas suele dormir en mi despacho por si un día me pilla desprevenida la lluvia y he olvidado de coger el otro, el plegable.

Por el momento, no me suelo mojar demasiado. Eso sí, los días de sol, los paraguas y yo, respiramos con alivio.

sábado, 27 de febrero de 2016

ANTICIPO DE LUZ Y CALOR



Una de las ventajas de vivir en una ciudad no tan soleadas como otras –ésta es la crítica principal a Paris del 95% de los españoles e italianos residentes en París- es que, hay días-sorpresa en las que el Sol aparta de un manotazo las nubes y elige iluminar cada resquicio de los balcones, de las piedras, de los jardines y de los rostros de sus habitantes.

Estos días son mágicos. Es como si, de golpe y plumazo, nos hubiéramos plantado en una primavera prematura y el aire, el fresco y ese calorcito que dora tímidamente la piel no deje lugar a otra opción más que la de echarse a la calle para tomarse un café y un croasán en una terraza junto a otros lugareños vecinos; y luego, nos paseemos por parques, ríos, mercados, jardines o simplemente las calles, despacito, sin prisas, sólo saboreando la fortuna de estar vivos, de tener techo, comida, salud, amor, amistad, alegría y, vivir semejante regalo.

Es uno de esos días en que las cosas simples toman su dimensión correcta –que no desproporcionada- y somos más conscientes que nunca que ésta, la única vida que todos y cada uno de nosotros tenemos a nuestra disposición, se acerca mucho al sueño de vida anhelada que diseñamos hace tiempo a base de blandir empeño y alegría a partes iguales –cosa que, dicho sea de paso, sólo importa a nivel individual-.

Me preguntabas de donde sale la belleza. Después de pensarlo un buen rato, yo diría que sale de la fugacidad y la alegría. Estoy casi seguro. O quizá sirva una imagen: la belleza sale del temblor del puente que comunica las cosquillas con la verdad. Cuando tiembla este puente, es señal que algo importante está cruzándolo. 

El viajero del siglo. Andrés Neumann

jueves, 21 de enero de 2016

BAILANDO CON LENGUAS

Ingredientes: 
superpoder del baile ejecutado con labios, lengua y mucho amor 
y París, la siempre llena de vida, París. 



El simbolismo y el significado son dos cosas distintas. Es posible que ella lograra encontrar las palabras precisas sin usar procedimientos redundantes como el significado y la lógica. Debió de capturar las palabras de los sueños, como si agarrara suavemente por las alas una mariposa que volara por el espacio. Los artistas son capaces de evitar la redundancia. 

Kafka en la Orilla. Haruki Murakami

domingo, 17 de enero de 2016

DIALECTOS CULTURALES


(Un abrazo desde aquí a Manu por el descubrimiento de este vídeo)

En estos días en que no hace mucho venimos de atiborrarnos de comilonas, pasteles, turrones y demás cosas deliciosas –a la vez que saturantes-; una llega a Francia con la idea de ingerir alimentos de color verde y no ver azúcares durante una temporada y, ¿qué se encuentras?. Si, en efecto, el típico Roscón de Reyes (la Galette de Rois) que nosotros comemos el día 6 y punto, y en Francia es la estrella indiscutible en todos los reencuentros míticos con los amigos, los del grupo de trabajo, los de la institución, etc. Y la Galette sólo desaparece de nuestra vista el 31 de Enero. Esto sí que es extender unas navidades y lo demás tonterías.

En relación con el aspecto nutricional y comensal, un elemento de observación curioso y que adoro de los franceses es el tiempo invertido en diseñar las comidas –no necesariamente en fiestas navideñas-. Cuando una prepara una comida para franceses, hay que pensar en qué hacer como aperitivo –algo que vaya con el plato principal- y acompañarlo de un vino acorde –también puede ser champagne-; después se piensa el plato principal con otro vino adecuado y finalmente, el postre viene acompañado de otro vino diferente –éste puede ser preferiblemente dulce o champagne- y variedad de cafés. Al final toda la comida viene a ser una típica comida española de tres platos y postre, pero el hecho de que tengan unas reglas marcadas para cada parte y consideren un preámbulo y una conclusión, me parece muy elocuente; casi, como interpretar una obra de teatro.

Otra extensión temporal algo exagerada que tienen los franceses es que, oficialmente – y no me lo invento- tienen tiempo para desear año nuevo –lo que viene a ser enviar les Voeux de nouveau année- hasta el 31 de Enero también. Esta idea es muy práctica y divertida –aunque algo desconcertante-, y permite felicitar sin prisa, con calma pensar bien cuales son los deseos que quieres para la otra persona. Sin embargo, lo que más me fascina de esta felicitación es la formalidad y la extremada educación –al menos a un nivel más profesional-. El otro día, haciendo los papeleos de mi nuevo trabajo, estuve con secretarios varios que se llamaban entre ellos para pedirse información. Lo que más me sorprendió es que cada vez que se llamaban escuchaba aquello de “Buenos días, para comenzar, déjeme presentarle mis mejores deseos para este año nuevo, que sea un año lleno de éxito y logros profesionales”, a lo que la otra persona respondía una retahíla del mismo estilo y ya después, empezaba el papeleo. ¿Bonito ritual, no?

En fin, que adoro ver como funciona el mundo en otra parte diferente al que conocemos para adoptar luego las costumbres que nos gustan a nuestro mundo particular. Si en E.E.U.U. la diferencias eran realmente abismales; en Francia son mucho más sutiles, son más bien variaciones o dialectos de las nuestras. Todos nos podemos reconocer en muchas de sus consignas y por tanto, reconocernos un país que está muy cerca de nosotros –no sólo geográficamente-.

martes, 5 de enero de 2016

CENTROS DE ROTACIÓN


Ya estamos de vuelta, inaugurando una nueva extensión del 2015, un nuevo hogar y un nuevo sitio de trabajo. Celebrando que todo esto tenga como escenario esta ciudad de vida. Desde aquí, un abrazo a Ana, Patricia, Jara y Bea por este descubrimiento.

París espera con la pasión dominada de quien ha amado mucho 
y se ofrece aún generosamente para reconfortar gestos atormentados,
gente perseguida por el empeño de vivir
incluso en las tardes frías de noviembre.
París nos asalta de modo resuelto y es inevitable pensar
que tal vez en el próximo portal, en cualquier esquina,
aguarda un instante que nos hará otros, que nos tocará
como siempre hemos esperado
para ser mejores y más hermosos.

París es la espesura cambiante de la vida
y esconde en cada uno de sus pliegues reductos de los siglos,
un esfuerzo acumulado por dar con la palabra que explique cada gesto,
por añadir un punto de hermosura a cada minuto de desesperación.
Porque la vida adquiere aquí
la consistencia de que carece en otros lugares,
otorga un impulso que aleja nuestra endeble condición
de sí misma, como si la belleza alguna vez apresada
proporcionara un doble fondo al alma, una nueva piel
que tienta la inmortalidad incluso en los días breves del otoño.

París, José Domingo Dueñas

jueves, 31 de diciembre de 2015

INTERVALOS ABIERTOS DE ALEGRÍA

Como todos los 31 de diciembre, toca hacer recuento, recapitular el año y dar el salto al siguiente. Y la verdad es que este año, me he resistido a hacerlo. El motivo es que el 2015 ha sido un año espectacular, maravilloso y grandioso en muchísimos sentidos…y me da mucha lástima que se acabe.



En cualquier caso, tras hacer mi recopilatorio, me salen mis dos páginas permitidas plagadas de felicidad, amor, amigos, pequeñuelos, esfuerzos y recompensas laborales, viajes, arte y cultura. Tanta alegría que me da ganas de cantarlo a los cuatro vientos y revolcarme en ese regocijo continuo en el que vivo últimamente –con esos mismos pulmones que Montserrat Caballé y Freddie Mercury le cantaban a Barcelona, ya hace años-. Tan sólo ha habido dos cosas que han oscurecido un poco este año: la ausencia de mi amigo Javi, al que, sin embargo, lo llevo presente más que nunca y parece que no se haya ido; y vivir el terror de cerca –aunque agradecida a la vida de que no me tocara a mí-. 

Poniendo todo esto en la balanza, me salen kilos y kilos de felicidad absoluta y, sin miedo a exagerar, creo que me atrevo a decir que ha sido uno de los mejores años –sino el que más, desde que llevo la cuenta- de mi vida. De hecho, me he organizado unas olimpiadas particulares y en el podium de los años vividos queda, con medalla de bronce el 2003, medalla de plata para el 2008 y, medalla de oro para el 2015.

Y como el calendario –al igual que el tiempo, los instantes-, se componen de momentos flexibles, con duración subjetiva y moldeable, he decidido –gracias a Rodolphe por la sugerencia, un beso desde aquí- que a partir de ahora los años se contarán como extensiones del 2015, segunda extensión, tercera extensión, etc… Una manera fácil y práctica de prolongar indefinidamente esta dicha.

Toda la felicidad del mundo en esta primera extensión del 2015 en la que nos zambullimos en unas horas. Chin chin.

Tuve que reírme. Me encontraba muy bien allí; la inconsciencia absoluta, la descuidada felicidad de aquel ambiente me acariciaba el espíritu.

Nada. Carmen Laforet

miércoles, 16 de diciembre de 2015

EVALUACIÓN FINAL


Unas horas después del examen final de la asignatura de métodos estadísticos de primer año de psicología que he impartido en una universidad parisina –pedazo sueño cumplido-, no puedo dejar de buscar esas diferencias y similitudes entre los cursos universitarios a los que yo misma he asistido y el de una universidad francesa. 

Así, en términos generales –obviamente, para una comparación en condiciones necesitaríamos una buena muestra de clases, años, materias y universidades-, la única diferencia notable que he observado ha sido el hecho que los estudiantes en Francia son muchísimo más educados y respetuosos tanto en la atención de las clases, como en la manera de dirigirse al profesor. Me guste o no, yo cuando entro en esa clase, soy Madame –me gusta, me gusta-, y sus dudas escritas van acompañadas de correos totalmente cargados de palabras de cortesía. Además, en ningún momento nadie me ha hecho ningún comentario sobre mi acento hablando francés y lo máximo que he visto es alguna sonrisilla cariñosa, cuando digo algo que no existe.

En cuanto al resto, yo diría que todo es muy similar, aunque de nuevo, es difícil comparar, y más una asignatura de carreras tan diferentes. Ahí van algunas similitudes:
  • Como todos aquellos que ya han tomado una decisión adulta de estudiar una carrera universitaria, el trabajo y el estudio es valorado entre el resto de los compañeros y la mayoría suele levantar la mano con orgullo para mostrar que conocen un concepto o han estudiado. 
  • También, como todos los estudiantes que empiezan una carrera, son tímidos y les cuesta preguntar dudas o salir a hacer un ejercicio. Eso, y espero verlo en mis propias carnes –en enero empiezo a dar clases de un curso de master de ingeniería- es cuestión de tiempo. Poco a poco irán cuajando su personalidad y la seguridad en sí mismos. 
  • Finalmente, también existen dos clases de alumnos: los apasionados de lo que hacen –esos que les brillan los ojos cuando comprenden algo, mis favoritos-, y los que saben que no tiene más remedio que pasar por eso. Estos últimos son convertibles, con paciencia, insistencia y estrategias. 
En definitiva, y una vez más, dar clases, sigue siendo una actividad que me encanta, me eleva el ánimo, me rejuvenece y me da energía. La educación -inyectada poco a poco, silenciosamente- es probablemente, el método más eficaz para cambiar el mundo. Si, además de el gusto por el conocimiento, les he infiltrado un poco de alegría, respeto y pasión, me sentiré muy contenta y con una responsabilidad monumental.

domingo, 6 de diciembre de 2015

LA VIDA ACUMULADA



Mudarse es un asunto que requiere energía, y ganas, muchas ganas. También está claro que hay magnitudes de mudanzas, como de terremotos. Por un lado, las mudanzas más intensas: a otra ciudad o incluso a un país diferente, son mucho más radicales. Implican empaquetar tu vida, eliminar lo superfluo -si bien estoy de acuerdo que todos poseemos demasiadas cosas, guardar recuerdos para no volverlos a ver más, es, cuando menos, angustiante-, y despedirte de ellas hasta quien sabe cuando, quizá nunca - ¿quién sabe si la persona que abra esas cajas dentro de 20 años seguirá leyendo ese tipo de libros, por ejemplo?-. Estas mudanzas son dolorosas. Son sinónimos de despedida, de cierre de etapa, de envejecer.

Por otro lado, mudarse de una casa a otra dentro la misma ciudad, es un ejercicio más liviano: sabes que vas a meter tus cosas en cajas, para abrirlas un par de días -o semanas- mas tarde. Puedes ir haciéndola poquito a poco. Te puedes permitir conocer tu nuevo barrio antes de tiempo y empezar a hacer nuevas migas con el panadero o frutero. También te permite despedirte del peluquero que siempre te invita a un café cuando sales de casa, o de Mireille la panadera; como el que se va de vacaciones, sabiendo que volverás a pasarte por allí, y les volverás a saludar.

En cualquiera de los dos casos, es cuando una se muda que se da cuenta de la cantidad de objetos con los que cuenta -algunos imprescindibles: esos maravillosos libros, esos cuadernos, esas cafeteras… - otros prescindibles. Renovarse, reciclar; tirar y empezar de nuevo son sinónimos de esa nueva etapa que empieza. El caos posterior que le sigue: el tener cajas esparcidas por doquier, el buscar desesperadamente un par de calcetines, o un trozo de papel…, tiene en realidad parte de su gracia. El saber que ese sentimiento es temporal, que en no mucho tiempo, todo habrá tomado su nuevo puesto y tu casa, tu nueva casa; te sonreirá expectante.

Hoy, con agujetas en los brazos y dolor en la espalda, agoto mi última semana en el increíble barrio del Marais parisino para irme a la Rive Gauche. Ni en mis mejores sueños hubiera podido pensar vivir aquí, pero es que, como bien es sabido, la realidad suele superar la ficción. Haciendo cuentas, ésta es la mudanza número once de mi vida. Tampoco parece un número demasiado alto, teniendo en cuenta que ha habido tres países y cinco ciudades por medio. Sin embargo, es suficiente para saber que espero que queden muy pocas más en lo que me queda por vivir y, que hay un puñado de cosas que son invaluables e insustituibles y éstas, caben en tres o cuatro cajas.

El inventario de tus cicatrices, en particular las de la cara, que ves cada mañana al mirarte en el espejo del baño cuando te peinas o vas a afeitarte. Rara vez piensas en ellas, pero cuando lo haces, entiendes que son marcas que deja la vida, que el surtido de líneas irregulares grabadas en la piel de tu rostro son letras del alfabeto secreto que narra la historia de quién eres, porque cada cicatriz es la huella de una herida curada, y cada herida era resultado de una inesperada colisión con el mundo; es decir, de un accidente, de algo que no debía ocurrir a la fuerza, porque por definición un accidente es algo que no sucede necesariamente. Acontecimientos contingentes en contraposición a hechos necesarios.

Diario de invierno, Paul Auster.

sábado, 28 de noviembre de 2015

DE UN CHARCO DE FLORES



Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a donde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor que tú plantaste, tú estarás allí. No importa lo que hagas, -decía-, en tanto que cambies algo respecto a como era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ellos tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no haber estado allí, el jardinero estará allí para siempre.

Ray Bradbury. Fahrenheit 451

miércoles, 25 de noviembre de 2015

PLACER PARLOTEANTE



Hablar varios idiomas es maravilloso. Una puede pasarlo mal al principio cuando la lengua no se coordina con el cerebro, cuando no sabes decir algo ni siquiera dando un rodeo, cuando comprendes pero no hablas… Pero cuando tu cerebro hace click, ese momento en el que de pronto, sin saber muy cómo, empiezas a chapurrear fluidamente –no sin estar exenta de errores tanto gramaticales como de fonética, faltaría más- y eres capaz de entenderte con cualquier persona que se cruce en tu camino en esa lengua que ya has adoptado... ese momento no tiene precio.

En mi caso, además del castellano -mi lengua materna, ésa en la que me expreso de manera infinitamente más precisa que en ninguna otra- tengo la fortuna de hablar, entender y escribir tres lenguas más con mayor o menor acierto: el catalán, el inglés y el francés –fruto, entre otras cosas, de mis trocitos de vida en Barcelona, Davis y París-. A lo largo de mi día, tanto en mi vida laboral como personal, he conseguido saltar de un idioma a otro automáticamente, muchas veces sin percatarme. Y eso, señores, es una de los tesoros más valiosos que poseo. Me emociono al dar clases a mis alumnos en francés y escuchar la sonoridad de esa lengua de mis sueños; me encanta conocer a alguien nuevo en el trabajo y comenzar a hablar en inglés, sabiendo que te van a entender, como si fuera lo más natural del mundo; adoro tener largas conversaciones por teléfono en un catalán que cada vez se mezcla más con el francés, pero que aún sobrevive como puede y cómo no, me rechifla poder encontrar exactamente la palabra exacta que describe exactamente lo que pienso en castellano.

Cuando pienso en todas las puertas que hablar lenguas me ha abierto, a cuanta gente me he podido acercar, cuanta cultura -literatura, música, películas- me hubiera pasado al lado sin tener acceso a ella, cuantos momentos inolvidables no se hubieran dado sin haber hecho este pequeño esfuerzo –que ni siquiera merece llamarse así, porque la recompensa es tal, que ni se nota-, sólo puedo agradecer infinitamente esa insistencia educativa regalada por mis padres.

Está claro que ahí fuera hay una enormidad de idiomas que nos esperan a ser aprendidos, intentados o al menos, olisqueados alguna vez. Nuestra vida es limitada, en tiempo y capacidad de aprendizaje, pero si algo deberían tener claro las futuras generaciones es que el idioma es la llave que les hará llegar tan lejos como quieran.

jueves, 19 de noviembre de 2015

RETOMANDO FUERZAS

(La libertad es un monumento indestructible)

A pesar de la magnitud de los eventos de la semana pasada, una de las cosas que me ha impresionado muchísimo desde el primer instante es ese afán de los parisinos de recuperar la vida, la misma de hace una semana, en este maravilloso lugar –ningún extremista podrá hacerme cambiar de opinión sobre París-. En efecto, dos días después de un viernes de terror, las terrazas, los bares y las calles están llenas y veo numerosos signos de amabilidad hacia gente de diferentes religiones –como si los parisinos hubieran comprendido que esto no ha sido sino una trampa para horadar su Fraternité-. Desde aquí, toda mi admiración y mi respeto hacia los ciudadanos de este país que siempre he admirado entre otras cosas por ese amor a la educación y que hoy, en la práctica, demuestran más que nunca.

En mi caso, me ha tomado mi tiempo sobrecogerme a esta ola de miedo que me ha embargado. A esta indefensión desnuda que una siente. A este riesgo de perder en un martirio más o menos rápido, todo lo que la vida me regala de un plumazo. Así, hasta ayer no pude acercarme al Bataclán. No estaba preparada para ver, en primera persona el horror. Sin embargo, caminar los mismos pasos que todas las mañana de los últimos 20 meses de mi vida de nuevo, me hizo bien. Ver gente de todo tipo, con la cabeza alta, serena y fuerte. Leer las notas que describen todo el amor y la alegría que desprendían tantas de las personas que desaparecieron el pasado viernes.

Eso, unido a este maravilloso artículo que mi amigo Manu me envió ayer –un abrazo desde aquí-, me ha hecho obligarme a poner en orden mis miedos y aunque todavía no lo he conseguido totalmente, voy a salir a la calle, a regalar sonrisas y miradas limpias al 99.9% del mundo que no tiene nada que ver con esto. Como el resto de mis hermanos franceses.

Callé, conmovido, pensando en los hombres que han sabido convertirse, a pesar de la tristeza, del dolor y de tantas luchas sin victoria, en hombres enteros: hombres si rencor, optimistas pese a sus derrotas incontables y a pobreza de sus vidas, hombres con una pasión irrenunciable por la dignidad y la libertad, hombres capaces de sobreponerse a la amargura que les proponía el sufrimiento, hombres que han trabajado en la humillación y que sin embargo sonríen alegres, hombres con una esperanza y un optimismo alzados sobre la desolación. 

Vagabundo en África. Javier Reverte

domingo, 15 de noviembre de 2015

SENSACIONES

Hablar de violencia, de radicalismo y extremismos es tan complicado que no se hacerlo. Así que me voy a limitar a contaros con una aproximación muy burda en formato palabras, de cómo debe ser vivir en país con esos ingredientes. Lo puedo contar, porque este viernes, 13 de noviembre, vivimos en París un simulacro tremendamente realista.

A estas alturas, todos sabemos lo que ha pasado. Lo de siempre, la falta de educación, la ausencia de autorreflexión y una carencia de personalidad propia lleva a masas de personas a hacer actos que no tienen ni pies ni cabeza. Eso no importa demasiado, mientras no afecte al de al lado, o al de al lado a la enésima potencia. Es entonces cuando te sientes indefensa, y frágil y pérdida. Cuando las reglas del juego cambian sin tu consentimiento. Y te preguntas cómo debe ser vivir todos los días en una tortura similar.

Este viernes, cuando allí fuera unas manos impasibles disparaban contra jóvenes que tomaban algo, cenaban o escuchaban un concierto como yo tantas veces he hecho en esos mismos bares y esa misma sala, tuve la fortuna de estar viendo una película en unos cines cerca de mi trabajo. Cuando ésta estaba terminando, algo de inquietud empezó a extenderse por el cine, un par de personas dejaron la sala bruscamente hablando por su teléfono y algunas otras miraban su teléfono sin parar. Allí nos enteramos que estaban matando, en París, en varios sitios, a cualquier persona, sin criterio, sin orden aparente ninguno. Joder, esa sensación es terrible, escalofriante y no se la deseo a nadie.

Cuando conseguí hablar con mi familia, me enteré que uno de los tiroteos (el del Bataclán) está a tan sólo cinco minutos de mi casa a pie, justo donde cojo el metro todos los día para ir a trabajar. Evidentemente, eliminé la opción de ponerme a seguro en mi casa. Luego me enteré que tampoco hubiera podido, porque habían evacuado la zona. Esa es otra vivencia horrible. Saber que el sitio que consideras tu casa, tu hogar, tu refugio, ha dejado de serlo.

Mientras nos apresuramos a ponernos a buen seguro, y cogíamos un autobús para ello, no dejábamos de mirar a nuestro alrededor, esperando ver, en cualquier momento a un loco con una metralleta, apuntándonos con una sonrisa despiadada. Tercera vivencia de pesadilla. No saber donde está el peligro y si te va a tocar a tí. Ésta, sin embargo, es algo que viene de fábrica y siempre estará con nosotros. Nuestro cerebro es capaz de hacernos olvidar que la muerte, cualquier tipo de muerte, nos puede acechar en una esquina cualquiera. Pero la realidad es la que es, seamos conscientes o no.

Finalmente, la sensación de, aún estar a seguro, saber que podrías haber sido tú. Que si eso hubiera sido de lunes a jueves, tenía muchas papeletas de que me hubiera tocado la china. Mismo sitio y misma hora, sólo que un día afortunado. Lo poco que hace falta para que las auténticas prioridades salgan a flote. Levantarte por la mañana y mirar el periódico esperando encontrar muchos más masacres. La espera de la bomba de relojería. Monstruosa y despiadada sensación.

Y aún así y con eso, hoy, cuando he entrado en mi casa finalmente, y he visto que todo estaba en orden, que mi barrio parecía más o menos tranquilo –la gente en sus terrazas, los comercios abiertos, los autobuses y metro con normalidad-, he experimentado una última sensación: la de alivio, la de sentirme tremendamente afortunada -una vez más-, la de saber que la vida me ha dado tregua, que esta vez no me ha tocado a mí, ni a los que quiero, que las cosas importantes son muy pocas y muy claras, que la vida puede ser tan corta que mañana, ya no estemos aquí.

Paz y amor desde aquí a la gente importante, ésa que hacéis del mundo un lugar habitable al fin y al cabo. Mi más enorme gratitud a todos los que durante este fin de semana me habéis mandado más de trescientos mensajes, llamadas y correos.

La guerra como sublimación del caos. Un orden con sus leyes disfrazadas de casualidad. 

El pintor de batallas. Arturo Pérez-Reverte