Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años, puebla un espacio de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.
J.L Borges
(Gracias a Patri por la recomendación de la canción, un beso desde aquí)
He aprendido que sólo cuentan dos cosas. Una, y esto es lo más importante -se inclinó hacia delante y tomó mis manos para apretarlas entre las suyas-, que nadie te va a poder quitar en tu vida lo que has bailado ya. Y dos, que a pesar de las apariencias, no pasa nada. Nadie mata a nadie, nadie se suicida, nadie se muere de pena, y nadie llora más de tres días seguidos. A las dos semanas todos vuelven a engordar y a comer con apetito, te lo digo en serio. Si no fuera así, la vida se habría extinguido en este planeta hace varios milenios. Almudena Grandes. Malena es un nombre de tango.
Como todos los años acabo de hacer mi balance anual del 2016. Este año ha sido un año intenso. Año nuevo en muchos aspectos, año de esfuerzos, de probar el límite de las fuerzas, de muchas primeras veces, de momentos alegros y momentos duros. Un año en el que, tengo la impresión que he estado sembrando muchas semillas. Ahora, en las puertas del 2017, sólo queda esperar a que el destino abonado con esfuerzo produzcan unos frutos jugosos.
Os deseo a todos que el 2017 os regale mucha felicidad en forma de sueños cumplidos y esfuerzos recompensados. Que la salud sea la reina de todas las fiestas y que mantengamos, cuando menos, el nivel de felicidad presente. Feliz año nuevo.
Tras un huracán de trabajo, viajes, visitas, entregas, preparaciones y agotamiento, por fin parece que empezamos a vislumbrar algo de reposo. La semana que viene acabo mi curso de francés (el último, al menos durante algún tiempo, ahora toca pulirlo conmigo misma) y mis clases en la universidad (aún a falta del examen). Los días se hacen más largos, la gente está de mejor humor y salir a tomarse algo a la orilla del Sena aprovechando a la vez, los rayos de Sol es oficialmente, uno de las mejores sensaciones de esta época del año. En definitiva, que parece que atrás queda ya la oscuridad y la dureza de las etapas semi-nuevas y sólo queda un presente muy apetitoso.
Así que hoy, me apetece escribir. Y lo voy a hacer sobre este tipo de personas con las que todos nos hemos topado que, si bien son terrenales y de carne y hueso, tiene algo de divino, de celestial. Son lo más parecidos a ángeles guardianes que aparecen repentinamente y nos cuidan, nos hace favores y nos conducen a caminos que de otra manera no habríamos podido llegar.
En mi vida, no han parado de aparecer. De ninguna manera, hoy podría estar donde estoy si no hubiera sido por ellos. Gente que cuando todo se oscurecía tenían una lancha salvavidas con un sitio para ti. Gente que te presentó a otra gente, que te abrió puertas de trabajos, de amigos, de médicos, de amores. Esa maravillosa red de contactos de amigos de amigos (o ángeles de ángeles) que crece y se expande porque tiene propiedades infinitas. Aparecidos en numerosas formas: alegría, esperanza, fortaleza, sabiduría, paz, generosidad, sois demasiados para contaros y nombraros. Aún así, llevo algo de cada uno de vosotros dentro de mí. Mi vida, sin ir mas lejos. Hoy, desde aquí, hoy quiero lanzarles un gracias a todos y cada uno de ellos. Gracias.
En ciertas ocasiones, planificar las cosas no suele estar muy bien visto. Se suele tachar de pérdida de fluidez, de rigidez en las decisiones y argumentos de este estilo.
Por el contrario, yo me declaro una empedernida del trazado de planes. A pequeña y gran escala. A escala de horas y escala de meses. Y es que me gusta saber a donde me dirijo. Saber como puedo encauzar mi vida hacia aquello que yo –y nadie más que yo- quiero. Adoro la satisfacción inigualable de, una vez alcanzado tu objetivo, poder echar la vista atrás y visualizar cómo hemos encaminado los pasos hacia una meta y cómo nos hemos acercado a ella, aunque quizá no haya sido por el camino más corto.
Y creo que ésa es la clave para reconciliar mi afán de planificación con sus detractores. El hecho de trazar un plan, no implica que se haya de llegar por el camino más corto, sino el que nos reporte más beneficios por el camino -cosa imposible de saber a priori-. Es algo similar a jugar al Risk o a Ticket to Ride -desde aquí os los recomiendo vivamente-.
Así, trazar un plan implica impulso y dirección. Implica reflexión prematura para escoger, consciente y serenamente cual es el objetivo que te interesa. Implica definir un plan inicial –acompañado de segundos planes, en caso de cambios inesperados o tempestades en el camino- de alcance del objetivo deseado. Y finalmente, implica que vas a comenzar a andar por ese camino pero que la vida quizá te hará hacer rodeos, modificará tus expectativas y en muy escasas ocasiones eliminará tu objetivo -pero quizá entonces ya hayas encontrado un objetivo más interesante-.
En otras palabras, planificar no tiene nada que ver con rigidez. Es simplemente saber qué queremos a cada momento –grandes y pequeños objetivos-; tomar conciencia de a donde vamos, escogiéndolo libremente y, finalmente llenarlos los bolsillos de pequeños útiles que usaremos en un -más o menos- ambicioso camino.
El simbolismo y el significado son dos cosas distintas. Es posible que ella lograra encontrar las palabras precisas sin usar procedimientos redundantes como el significado y la lógica. Debió de capturar las palabras de los sueños, como si agarrara suavemente por las alas una mariposa que volara por el espacio. Los artistas son capaces de evitar la redundancia. Kafka en la Orilla. Haruki Murakami
Como todos los 31 de diciembre, toca hacer recuento, recapitular el año y dar el salto al siguiente. Y la verdad es que este año, me he resistido a hacerlo. El motivo es que el 2015 ha sido un año espectacular, maravilloso y grandioso en muchísimos sentidos…y me da mucha lástima que se acabe.
En cualquier caso, tras hacer mi recopilatorio, me salen mis dos páginas permitidas plagadas de felicidad, amor, amigos, pequeñuelos, esfuerzos y recompensas laborales, viajes, arte y cultura. Tanta alegría que me da ganas de cantarlo a los cuatro vientos y revolcarme en ese regocijo continuo en el que vivo últimamente –con esos mismos pulmones que Montserrat Caballé y Freddie Mercury le cantaban a Barcelona, ya hace años-. Tan sólo ha habido dos cosas que han oscurecido un poco este año: la ausencia de mi amigo Javi, al que, sin embargo, lo llevo presente más que nunca y parece que no se haya ido; y vivir el terror de cerca –aunque agradecida a la vida de que no me tocara a mí-.
Poniendo todo esto en la balanza, me salen kilos y kilos de felicidad absoluta y, sin miedo a exagerar, creo que me atrevo a decir que ha sido uno de los mejores años –sino el que más, desde que llevo la cuenta- de mi vida. De hecho, me he organizado unas olimpiadas particulares y en el podium de los años vividos queda, con medalla de bronce el 2003, medalla de plata para el 2008 y, medalla de oro para el 2015.
Y como el calendario –al igual que el tiempo, los instantes-, se componen de momentos flexibles, con duración subjetiva y moldeable, he decidido –gracias a Rodolphe por la sugerencia, un beso desde aquí- que a partir de ahora los años se contarán como extensiones del 2015, segunda extensión, tercera extensión, etc… Una manera fácil y práctica de prolongar indefinidamente esta dicha.
Toda la felicidad del mundo en esta primera extensión del 2015 en la que nos zambullimos en unas horas. Chin chin.
Tuve que reírme. Me encontraba muy bien allí; la inconsciencia absoluta, la descuidada felicidad de aquel ambiente me acariciaba el espíritu. Nada. Carmen Laforet
Con todo este huracán pre-navideño, combinado con cambio de casa y de lugar de trabajo, me embarga el estrés, y la alegría, y la emoción, y el cansancio y los nervios, y la risa, y las sonrisas, y la ilusión y la morriña y la farándula… Habrá, pues, que bailarlo.
Siempre me he considerado una persona diurna, es decir al máximo de mis energías por la mañana y con un apagamiento paulatino con el tiempo que hace que llegue por la noche en estado bastante catatónico, sobre todo entre semana. Este tipo de personas somos lo que los científicos denominan alondras. Por otro lado, los llamados búhos, son aquellos que experimentan justamente el comportamiento contrario. Las primeras horas del día las viven en un letargo y conforme pasan las horas se van desperezando para llegar al grado máximo de actividad por la noche.
Todos conocemos personas de ambos tipos. En particular, en el mundo de la ciencia –en le que cada uno cincelamos nuestros horarios y costumbres a nuestra manera- es bastante común encontrarse búhos por doquier. Es más, recuerdo que durante mis estudios universitarios, había gente que sólo veía en fiestas porque nunca coincidíamos durante el día.
Lo curioso de esto, es que hasta hace poco se pensaba que esta clasificación de cronotipos era básicamente universal para clasificar a los humanos: se es búho o alondra. Es más, hasta ahora se había medido que las alondras suelen irse a dormir unas dos horas antes que los búhos. El caso es que estudios recientes han encontrado que existen dos tipos de personas más: los energéticos –aquellos que están activos mañana y noche- y los ralentizados –aquellos que se sienten apáticos todo el día-. Colibrí y albatros proponen bautizarlos en este artículo.
El caso es que ser del primer grupo, energético, está casi casi del orden de los superpoderes, ya que en media son los únicos que son capaces de dormir media hora menos que los tres otros grupos. En mi caso, aunque adoraría ser colibrí, me temo que no puedo dejar de bostezar continuamente a eso de las once de la noche. No deja de ser una lástima, porque sigo manteniendo que la vida es demasiado corta para pasarla durmiendo.
Hablar varios idiomas es maravilloso. Una puede pasarlo mal al principio cuando la lengua no se coordina con el cerebro, cuando no sabes decir algo ni siquiera dando un rodeo, cuando comprendes pero no hablas… Pero cuando tu cerebro hace click, ese momento en el que de pronto, sin saber muy cómo, empiezas a chapurrear fluidamente –no sin estar exenta de errores tanto gramaticales como de fonética, faltaría más- y eres capaz de entenderte con cualquier persona que se cruce en tu camino en esa lengua que ya has adoptado... ese momento no tiene precio.
En mi caso, además del castellano -mi lengua materna, ésa en la que me expreso de manera infinitamente más precisa que en ninguna otra- tengo la fortuna de hablar, entender y escribir tres lenguas más con mayor o menor acierto: el catalán, el inglés y el francés –fruto, entre otras cosas, de mis trocitos de vida en Barcelona, Davis y París-. A lo largo de mi día, tanto en mi vida laboral como personal, he conseguido saltar de un idioma a otro automáticamente, muchas veces sin percatarme. Y eso, señores, es una de los tesoros más valiosos que poseo. Me emociono al dar clases a mis alumnos en francés y escuchar la sonoridad de esa lengua de mis sueños; me encanta conocer a alguien nuevo en el trabajo y comenzar a hablar en inglés, sabiendo que te van a entender, como si fuera lo más natural del mundo; adoro tener largas conversaciones por teléfono en un catalán que cada vez se mezcla más con el francés, pero que aún sobrevive como puede y cómo no, me rechifla poder encontrar exactamente la palabra exacta que describe exactamente lo que pienso en castellano.
Cuando pienso en todas las puertas que hablar lenguas me ha abierto, a cuanta gente me he podido acercar, cuanta cultura -literatura, música, películas- me hubiera pasado al lado sin tener acceso a ella, cuantos momentos inolvidables no se hubieran dado sin haber hecho este pequeño esfuerzo –que ni siquiera merece llamarse así, porque la recompensa es tal, que ni se nota-, sólo puedo agradecer infinitamente esa insistencia educativa regalada por mis padres.
Está claro que ahí fuera hay una enormidad de idiomas que nos esperan a ser aprendidos, intentados o al menos, olisqueados alguna vez. Nuestra vida es limitada, en tiempo y capacidad de aprendizaje, pero si algo deberían tener claro las futuras generaciones es que el idioma es la llave que les hará llegar tan lejos como quieran.
Aprovechando que hace nada reivindicábamos el superponer de la sinceridad absoluta, ahí va un corto sorprendentemente relacionado sobre valientes y valientas.
Mi amigo Javier siempre decía: ¿De quien es el mundo? De los valientes. Pues eso.
Hoy he visto una película que me ha gustado mucho: Marguerite (para aquellos que no tengáis acceso a ella, aquí una sinopsis). Como no quiero contaros de qué va le película, sólo os diré que me ha gustado mucho el pensamiento de fondo que subyace en toda la historia: ¿cómo estar seguro que nuestra percepción de la realidad es la correcta? ¿Cómo saber que nuestros sentidos, nuestros amigos, los mensajes que percibimos no son si no una mala imitación de lo que realmente es?
Reflexionando sobre esto, creo que es porque nuestra sociedad está demasiado poco a la usanza de un superpoder al alcance de cualquier humano: la sinceridad absoluta. Es decir, plasmar con palabras lo que sentimos o lo que pensamos –siempre que no sea con intención de dañar, claro-. Abiertamente, sin tapujos, sin miedos.
Lo peor que puede pasar es que el receptor de nuestra sinceridad no acepte nuestra verdad. En ese caso, al menos estaremos tranquilos de haber hecho aquello que estaba en nuestra mano por una persona, por una relación, por una causa, por nuestra integridad moral. También, tendremos el conocimiento –cosa imposible sino se prueba antes- de la apertura de mente del beneficiario en cuestión.
Por el contrario, lo mejor que puede pasar, es que esa sinceridad atraiga nuevas sinceridades de vuelta. Y obtengamos amor, amistad o aprecio correspondido –cosa que probablemente no se hubiera dado nunca si no hubiéramos ejercido este superpoder-, cambios beneficiosos en la conducta o, placeres absolutos al saber que, hemos ayudado a que una pequeña proporción del mundo tenga una visión más nítida, menos turbia de la realidad.
Desde aquí os prescribo a todos, una cucharada sopera de sinceridad absoluta mínima al día. No lo lamentaréis.
A finales de julio, realicé un viaje relámpago a la costa este de los Estados Unidos, en concreto, a Baltimore –Baltimás, para los amigos-, una ciudad donde pasé dos meses de estancia allá por el 2007, cuando este blog, ni siquiera existía.
Además del revoltijo de emociones encontradas y jetlag que experimenté –eso será el tema de otro día-, tuve el placer de reencontrarme con un amigo, mentor, colaborador, científico brillante, buena persona y ángel con patas: Holland. Es más, tuve la suerte de compartir una agradable velada con él y su mujer en su casa, degustando un salmón a la barbacoa –esa fantástica cocina art nouveau de los estadounidenses que han visto mundo-.
El caso es, que en esa velada y a pesar de los ya ocho años de amistad con Holland, descubrí que hay personas que pasan por la vida haciendo bien a los demás. Y sin darle demasiada importancia. Son amables, intentan cuidar y ayudar a los más desprotegidos –como lo era yo, a punto de acabar la tesis- y son terriblemente modestos. En cierta manera, eso ya lo sabía. Lo que no sabía es la increíble historia de sus cuatro hijos.
Holland y Marylin tienen cuatro retoños, lo cual si bien es algo cada vez menos común en nuestros días, no es significantemente llamativo. Sin embargo, con un vinito en mano, descubrí que sus hijos no son biológicamente hermanos, de hecho, sólo dos de ellos lo son. Como el mismo me narró, me contó que al poco de casarse, su mujer y él estaban impacientes por tener hijos, así que decidieron ir al orfanato y adoptar. Allí, les propusieron una chica para llevársela “puesta”, ya que para los chicos había cola de tres años –y de esto hace menos de cuarenta años en un país del primer mundo, cuidadín-. Allí adoptaron a Molly, su primera hija, justo después de saber que iban a ser padres de nuevo siete meses más tarde biológicamente.
Con dos hijos bajo su techo, tres años más tarde tuvieron una llamada del orfanato diciéndoles que teñían una niña mentalmente discapacitada abandonada por su madre alcohólica que nadie quería. En cuestión de minutos, decidieron adoptarla. Finalmente, un par de años después llegó su cuarto hijo. A día de hoy tienen doce nietos.
Esta historia me sobrecogió sobremanera. Su manera de vivir me parece generosísima. Sin necesidad de irse al tercer mundo. Ahí, en su misma puerta, fueron capaces de adoptar, no sólo a niños risueños, sino también a los que tiene problemas y lo necesitan.
Y aunque me parece y toda la vida me parecerá admirable lo que hicieron, me encaja perfectamente con su persona. Hablando de otras cosas, el mismo Holland me contó que, él cuando muriera no quería todas esas medallas que acumulaban polvo en su despacho –fue la primera persona que diseñó la primera cámara en un telescopio espacial, por ejemplo- sino que quería haber hecho feliz a muchas personas. Gracias por todas esas lecciones en la mitad de la vida.
Desde aquí, un abrazo grande y por muchos años más, Holland.
Y una vez más, me vuelvo a maravillar con la absoluta perfección que los humanos alcanzamos en ciertos momentos puntuales de la vida. En efecto, he vuelto a ser tía, no una, no dos, sino tres veces. La novedad es que esta vez se trata de una niña, María. Aunque todavía no la conozco –esta vez me ha pillado en un congreso en Laussane-, ya he visto un retrato de esa carita de mofletes marcados, sus ojitos, sus deditos, su naricita… Y ya he vuelto a alucinar. Y ya sé que la quiero irremediablemente.
Somos fábricas de perfección. Somos capaces de manufacturar, macerar y traer a un mundo –si, algo caótico en este momento, pero lleno de cosas increíbles también- personajes tan minúsculos que ya tienen un club de fans desde su primer minuto –e incluso antes-. Poseemos el poder más impresionante de todos, el que de tanto verlo cotidianamente, ni nos inmutamos. Somos creadores de milagros –llorones al principio, pero milagros, al fin y al cabo-. De esos que –como me contaba ayer mi sobrino Leo- sale de la tripita, y pum, te trae un regalito.
María, bienvenida a esta familia que hará todo lo que esté en su mano para te encuentres a tus anchas, mejores condiciones no se me ocurren. Un beso suavecito, combinado con toneladas de amor desde aquí.
Y Dios me hizo mujer, de pelo largo, ojos, nariz y boca de mujer. Con curvas y pliegues y suaves hondonadas y me cavó por dentro, me hizo un taller de seres humanos. Tejió delicadamente mis nervios y balanceó con cuidado el número de mis hormonas. Compuso mi sangre y me inyectó con ella para que irrigara
todo mi cuerpo; nacieron así las ideas, los sueños, el instinto. Todo lo que creó suavemente a martillazos de soplidos y taladrazos de amor, las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días por las que me levanto orgullosa todas las mañanas y bendigo mi sexo.
Gioconda Belli, Y Dios me hizo mujer
Es una inmensa alegría tener buenos amigos, es un regalo, un motivo diario de agradecimiento, una sonrisa permanente, un soplo de aire permanente: ¡gracias amigos del mundo!
Hoy, tengo el orgullo de mostraros el arte de mi amigo Manu. Esta amistad, que comenzó en Paris, allá por 2006 y perdura a día de hoy -y espero que hasta que nos falten todos los dientes- es de esas bonitas, llenas de conversaciones transcendentales, de carcajadas limpias, de paseos con soles ardientes, de poemas de risa alta, de noches largas e imborrables...
Y es que Manu, además de ser una persona brillante, inteligentísima –además de muy modesto-, buena, generosa y uno de los mejores amigos del mundo; es una de las personas con más gracia y alegría que he conocido en mi vida. Esa combinación es una bomba explosiva para, cómo no, que se sitúe en las primeras posiciones de FameLab, un concurso de monólogos científicos. A los hechos me remito:
Desde aquí toda la fuerza y la alegría del mundo, Manu, esa que nos has dado tantas veces y te vuelve a ti multiplicada. Y muchas felicidades también.
Probablemente de todos nuestro sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose. Julio Cortázar, Rayuela
Indicaciones: Alivio sintomatico del agobio, el estrés, el cansancio y una ligera tristeza.
Contraindicaciones: Si la tristeza se mantiene durante mas de dos días, acuda al kit de supervivencia básico.
Composición: Introduzca un aria de ópera a todo trapo, añada algo de ejercicio pulmonar, aliñe con un puñado de lágrimas furtivas y, finalmente, espolvoree algo de autorreflexión.
Posología: Ingiérase sin pausa, pero sin prisa. Espere unos minutos y repita el procedimiento hasta que note mejoría.
Interacciones: La administración de este post puede provocar molestias a sus vecinos, risas dispares y flujos momentáneos y puntuales de raudales lacrimógenos. Deberían desaparecer en pocas horas. Si no es así, acuda de nuevo al citado kit de supervivencia.
No, no fue la superstición, fue su sentido de la belleza el que la libró de la angustia y la llenó de ganas de vivir. Los pájaros de la casualidad volvían a posarse en su hombro. Tenía lágrimas en los ojos y estaba inmensamente feliz de oírle respirar a su lado. La insoportable levedad del ser. Milan Kundera.
Es curioso que en la mayoría de los casos somos desconocedores de esa tremenda fuerza que brota de nuestro interior. De esa rarísima que aflora en contadas ocasiones y dice: "A por ello", "esto lo hago por mis ovarios", etc, etc. Es decir, pocas veces nos proponemos seria y ordenadamente conseguir las cosas mediante un plan donde podemos cuantificar el tiempo y el esfuerzo propuesto.
Supongo que a todos nos ha pasado que, en algún momento, nos hemos encontrado en unas circunstancias extremas –tener que pasar un examen, entregar un trabajo, aclarar algún asunto- o… simplemente nos ha apetecido mucho hacer algo –aprender un idioma, un poema, tocar una canción- así que, hemos hecho uso de nuestra cabezonería de bolsillo y hemos insistido hasta la saciedad. Y curiosamente, hemos disfrutado del proceso, con la seguridad y la confianza de que esa serie de esfuerzos sólo nos podía llevar a buen puerto.
Esta tenacidad que viene impulsada por la ilusión, la rivalidad con nosotros mismos o una recompensa satisfactoria, sólo se consigue con un esfuerzo extra, está bien claro. Un esfuerzo que mayor o menor, siempre se puede subdividir en pequeños esfuerzos que no pueden llegar a ser incluso imperceptibles. Por ejemplo, la diferencia de dormir media hora más o menos es poca, pero si eso nos ayuda a acabar a tiempo un proyecto que nos hemos propuesto, puede darnos la llave para abrir la puerta a muchas cosas –por ejemplo, disfrutar de un gran descanso mental después-.
Lo que creo que no hacemos del todo bien en la mayoría de los casos es el hecho de que nos proponemos un reto como algo arduo y temible, en lugar de cómo un juego, una competición –con música de Rocky- donde, de un lado tenemos a nosotros mismos, y del otro el problema, -a ver quién gana-; una carrera de fondo donde, podemos ir midiendo el avance en una escala que sólo uno se fabrica –existen múltiples maneras de “cronometrarse”- con sus pequeñas recompensas en las diferentes etapas. De esta forma, reciclamos este autoempeño, desalojamos el cansancio y el vacío y le damos la bienvenida a la alegría y la energía.
Una manera muy eficaz de aprender a crear la propia carrera consiste en detectar qué es lo que a uno le gusta, le motiva o le engancha, por pequeño que sea. Por ejemplo, hace un tiempo, el equipo de Colored Glasses colgó este juego interactivo de geografía donde uno podía perder horas intentando superar su puntuación al recordar nombres de países o sus capitales. En mi caso, yo he perdido algún que otro ratejo con él, siempre intentando superar mi anterior marca. Eso me llevó a pensar que sería genial encontrar algo parecido para aprender francés, algo ligero, que se pueda hacer en ratos sueltos y que permita generar recuerdos y momentos agradables. Y ha sido una gran sorpresa porque en esa enorme bolsa de recursos de Internet, hay cientos de herramientas diseñadas con este mismo objetivo, basta que pidas por esa boquita.
Esto sólo es un ejemplo, pero afortunadamente, yo soy de las que creen que en este mundo hay más cosas infinitamente divertidas, estimulantes y energéticas que aburridas, soporíferas y cansadas –basta hacerse un recopilatorio de nuestras canciones o poemas favoritos-. Se trata de encontrarlos, identificarlos y comenzar a usarlos. Al fin y al cabo, lo que resulta una pena es que perdamos nuestro valioso tiempo y energía mental en algo que nosotros mismos no hemos escogido.
En general, la gente que consigue lo que se propone no suele ser la más inteligente, ni la más ambiciosa, ni la más espabilada, ni siquiera la que posee mayor poder adquisitivo. No, señores. El mundo es de los organizados. Bienaventurado aquellos que saben hacer planes realistas para cualquier aspecto de su vida y llevarlos a cabo sin esfuerzo.
A todos nos pasa que, a menudo, en esta vida primer mundista en que vivimos, estamos demasiado aturdidos por un batiburrillo de reuniones, clases, múltiples trabajos, aficiones, relaciones sociales… además de una retahíla de actos inesperados que surgen sin proponérnoslo –lo que suele ser la vida-. Ante esta avalancha de acciones, la gran mayoría nos limitamos a aspirar rápidas bocanadas de aire cuando podemos para ir haciendo frente a las responsabilidades, obligaciones y actos sociales según nos vienen. Supongo que para nadie es un secreto que esta metodología no es óptima y en la mayoría de los casos nos aboca a un caos absoluto donde no recordamos qué es lo que queríamos hacer, por donde empezar y cómo se hacía aquello o lo otro.
Sin embargo, existen unos pocos seres que parecen haber sido tocados con un don divino: el también llamado desde aquí superpoder de la organización. Capaces de acabar todos los trabajos en los que se metan, sin importar su número o dificultad, y llevar una vida social plena, sin perder un ápice de sus nervios.
La receta que estos seres celestiales parece simple, basta con escoger qué plato queremos cocinar, trazar un plan detallado para ello –incluyendo cuando, cómo y donde vamos a realizar la búsqueda y compra de ingredientes, preparación y cocina-, y llevarlo a cabo sin ninguna excusa para su demora –vaya palabrejo raro se inventaron con eso de procrastination-.
En mi caso, yo he sido heroína de la organización y el orden en algunos momentos de mi vida. Con naturalidad y sin esfuerzo. Simplemente me centraba en todo lo que hacía el 100% del tiempo. La recompensa era insuperable. Me embargaba una sensación de poderío, de supermujer, de tener muchísima más energía para hacer doscientos mil planes que se me antojaran. Lamentablemente ese poder perdió fuelle con el tiempo y sólo en ocasiones logro rehacer un plan espartano y ponerlo en práctica. En mi fuero interno culpo a las nuevas tecnologías pero, seamos sinceros, ¿quién es un trozo de metal o plástico para arrebatarme un superpoder?.
Efectivamente, vamos a rescatar a la heroína amordazada que hay dentro de mí. Primer plan: activar mi diseño vital. Encontrar un rato tranquilo, tomar mucho papel y un boli y sin estreses, dedicarme a diseñar el plan que desemboque en éxito en todos mis proyectos. Allá voy.
Resulta increíble comprobar la elasticidad de nuestra fuerza. Poder echar la vista atrás, y comprobar que nuestra ilusión, cabezonería o fuerza voluntad nos ha hecho llegar hasta donde hemos llegado. Comprobar que las veces que nos hemos encontrado agotados, en el límite de nuestras fuerzas, al mando de un volante tembloroso con el indicador de la reserva de gasolina en rojo, la propia vida nos ha dado una tregua en forma de abrazo, consejo o palabras balsámicas. Sabernos buenos conocedores –aun inconscientemente- de los resortes de nuestros laberintos, como para no permitir que nada, ni nadie, nos vacíe del todo. Exprimirnos, machacarnos y esforzarnos para, a la vez, saber cuidar de nosotros mismos como si se tratara de nuestras propias crías. Ser capaces de llegar al hartazgo ante aquellos que sólo nos hacen daño. Expandir los límites de nuestra esencia para contraernos cuando sea necesario. No dejarnos agotar al 100%. Reconocernos seres supervivientes.
No, pero... el dolor está bien, ¿sabéis? Menos mal que existe... El dolor es la supervivencia, niños... ¡Sí, sí! Si no existiera, dejariamos las manos en el fuego, y así aún conservamos los diez dedos de las manos ¡es porque soltamos un taco cuando fallamos con el martillo y nos damos en el dedo en lugar de en el clavo! Anna Gavalda. El Consuelo.
¿Qué mejor que acabar este mes de julio y casi inaugurar el mes vacacional por excelencia con un repaso científico sobre el superpoder de la sonrisa –y de paso calzándonos una-?
Hoy voy a hablaros del que, probablemente sea el poder más grande, expansivo y a su vez, más común de todos los deshilados hasta la fecha: el superpoder de la red mundial de amigos.
Todos deberíamos ser conscientes de que estamos absoluta y totalmente solos, por muy seres sociales que seamos, por el mero motivo de que poseemos un fuerte instinto de supervivencia que nos hace ocuparnos en primer lugar de nuestro propio destino. Sin embargo, una vez conseguimos mantenernos en un equilibrio temporal y llegar a un grado de satisfacción aceptable en nuestra vida, surge el concepto de la amistad: nos escogemos mutuamente con esas personas que han ido apareciendo en nuestras vidas, con las que nos queremos más especialmente, nos valoramos y siempre que esté en nuestra mano nos intentamos ayudar. La reciprocidad es una condición necesaria –si no es así, tiene fecha de caducidad- y además, debe ser de origen totalmente desinteresado. Te alegras con los logros de tus amigos, te entristeces con sus pérdidas. Intentas ayudar, consolar y celebrar la vida con ellos.
Además, los amigos son importantes porque en parte son trazadores de nuestras vidas. Son personas que nos han ayudado a tomar decisiones, nos han hecho ver pros o contras de las cosas, y han consolado nuestros miedos más profundos.
Una curiosa propiedad de la amistad es su estado latente. Existen periodos en los que no puedes cuidar mucho de ésta, pero existe un sustrato sobre el que sigue creciendo –o cuando menos, manteniéndose-. Sin embargo, en momentos críticos –ya se a de urgencia, euforia o calamidades- esa red se permea, se expande y se transforma para envolverte.
En mi caso particular, si en esta vida me felicito por el algo, es por tener el poder de haber tejido una inmensa red de amigos mundiales y de que, con el paso de los años, no deje de aumentar. Tengo la grandísima suerte de que la vida me ha presentado a gente fantástica sin la que hoy, no estaría aquí. Son, prácticamente, injertos de mi piel.
De nuevo, una vez más, estos días vuelvo a hacer uso de este gran superpoder y ante mi próxima aventura consistente en empezar una nueva vida en otro país, ya está esa gran familia mundial activada y transformándolo todo en algo mucho más llevadero, más amable, más brillante. Desde aquí un abrazo a todos y cada unos de los miembros de mi gran red.
Todos los seres humanos estamos condicionados por la historia, que todos somos hijos de una Época determinada, y nos movemos en ella como los actores de teatro se desenvuelven en un decorado. Marita y yo nos conocimos en un año concreto, en unas condiciones concretas, y nos hicimos amigas porque en aquel momento todo nos empujaba mutuamente, todo, nuestra edad, nuestra ideología, nuestros gustos, nuestra manera de entender las cosas, todo conspiraba para que acabáramos siendo amigas. Atlas de Geografía Humana. Almudena Grandes.
En estas páginas hay espacio para la reflexión, las bitácoras, los viajes estelares y los terrenales, las experiencias compartidas y todos aquellos instantes que hacen cada sitio, cada momento de nuestra vida, un lugar inolvidable. Bienvenid@.
We do not grow absolutely, chronologically. We grow sometimes in one dimension, and not in another; unevenly. We grow partially. We are relative. We are mature in one realm, childish in another. The past, present, and future mingle and pull us backward, forward, or fix us in the present. We are made up of layers, cells, constellations.
Anaïs Nin