Ayer, acabé mi libro de poesía completa de Alejandra Pizarnik que me regalé hace cinco años –
y este blog es testigo- y que me ha acompañado a través de una larga travesía de
mudanzas, aromas y sonidos varios. Si, se que cinco años para un libro es una barbaridad, pero es que a mí la poesía me gusta paladearla… Tomar una cada día, como si fuera un pastilla de chocolate… Racionarla, saborearla. Así, ayer cuando concluí con todas esas páginas, me sentí un poco huérfana: uno de esos testigos de mis alegrías y mis tristezas en unos años fundamentales, llegaba a su fin. La hora de la despedida, la hora de guardarlo en –esta vez, si- una caja que no abriré hasta dentro de mucho tiempo. Alejandra no viene a París –a pesar de tener un mapa con un poema suyo escrito por sus calles-. Otros lo harán.
El caso es que hoy pensaba en aquellos objetos -para nada inertes-, que han sido testigos mudos de tantos instantes de mi vida y que me han acompañado en muchas de mis aventuras. Aquellos que, si la vida se pudiera grabar en un video y comprimirlas en un habitación, al rebobinar permanecerían, inalterables, en la estantería del fondo.
Por ejemplo, guardo con increíble cariño, una trilogía de cuadritos inspirados en rincones de Granada que me pintó Silbia hace ya más de siete u ocho años, una camiseta que tengo desde los siete años –hay documentos gráficos que lo atestiguan- que todavía me pongo de vez en cuando, un libro que me regaló mi madre sobre los 18 años y fue un impulso definitivo para ser quien soy, además de haber pasado por las manos de muchísimas personas queridas, una foto en blanco y negro de unos carnavales en la Universidad, en Barcelona, que me regaló mi amigo Ferran y hoy está arrugadísima pero todavía tiene la virtud de sacarme una sonrisa cada vez que la miro, un montón de libretas polvorientas donde he ido anotando enseñanzas y reflexiones, un puñado de poemitas-regalos de amigos varios que siempre llevo en la cartera, una camiseta de rayas rojas y naranjas que me ha acompañado a casi todos los conciertos de mi vida, un herbario clavelino lleno de luz, un CD sorpresa obra de Gemmita con millones de recuerdos en él, mi querida querida viola, el primer planisferio con el que intenté escudriñar el cielo por primera vez…
En fin, lo cierto es que, hay objetos que, por muy materiales que sean, puedes llegar a considerarlos parte de tu familia, amigos inolvidables que te acompañarán toda la vida. Desde aquí, un abrazo a todos y cada uno de vosotros, gracias por este trocito vuestro.