Adiós
Hace 6 años
Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años, puebla un espacio de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara. J.L Borges
Las personas vienen… y se van. Unas te queman con sus dedos. Otras te bendicen con su aliento. Otras te dejan una sonrisa cuando recuerdas, un suspiro cuando te acuerdas, una lágrima cuando te duele. Así es la vida, llena de dulces y amargos, de nacimientos y entierros, de momentos de absoluta felicidad y punzadas de tremenda tristeza.
A veces, la sensación de inmersión total en la Naturaleza es de las más gratificante que hay. Vivimos inmersos en mundos de ordenadores, blogs, plazos, crisis… y demás sutilezas mentales. En general, no nos permitimos a nosotros mismos un ratito para disfrutar de toda la belleza que forma nuestro entorno, sin juzgar, sin opinar, simplemente absorbiéndola.
Ayer, mientras las notas deliciosas de la viola de Tabea Zimmermann llenaban a la vez nuestros tímpanos y los rincones arabescos del patio de los Arrayanes -en el corazón de la Alhambra-, mientras la espléndida luna llena observaba el espectáculo, con la picaresca de saberse con entradas de palco sin haber pagado un céntimo, mientras los peces saltarines se regocijaban en el estanque interno al oír flaquear los suspiros de los asistentes antes los gemidos de la maravillosa y espeluznante Sonata número 4 para viola y piano de Hindemith, mientras la brisa nos acariciaba por tal de poder guardar nuestros abanicos exhaustos, mientras compartíamos momentos inigualables en la faz de la Tierra con amigos inigualables -un besazo desde aquí para Cris y Carlos-… me sentí realmente impresionada por la magnitud de algunos momentos en esta vida.