domingo, 26 de enero de 2014

RELACIONES LIBRETALES

Siempre me gustaron las libretas: las grandes con muchas hojas para seguir una clase o un curso durante un año, las pequeñas de bolsillo para estar allí en cualquier momento en que los necesites –si, me doy cuenta de que esto se ha quedado anticuado con las nuevas tecnologías, pero donde esté un papel manuscrito, que se quite lo demás-, las de tamaño medio con tapas duras y un diseño propio de un museo para dedicarlas a algo precioso y especial que te apetezca: coleccionar tus retazos de una ciudad, hacer una lista infinita de tus logros a largo plazo, apuntar el momento bueno de cada día… En resumen, que para mí un montón de hojas con un lomo, una espiral y una portada siempre ha tenido mucho más significado que un manojo de folios sueltos.

Hace un par de días, mi amiga Myriam –un besazo desde aquí- me regaló una libreta preciosa hecha por ella que, junto la que me regaló mi amiga Cris para mi nueva etapa se han convertido en las libretas vitales oficiales de París, donde voy a ordenar –según mi propia métrica- mis vivencias Parisinas.

Por otro lado, hace ya años que lamento haber perdido ese hábito de la libreta-faro a nivel laboral. Lo había tenido durante toda mi adolescencia y en la carrera universitaria pero, cuando empecé a trabajar, de una manera inconsciente empecé a notar unas miradas algo paternales con lecturas al estilo de: "ya eres mayorcita para un cuaderno" o “eso no es demasiado profesional", junto con argumentos como los de "no hay nada más cómodo que llevarse un puñado de folios para un viaje de trabajo", a lo que sucumbí sin darme cuenta. Desde entonces, perdí ese grado de organización y metodización en el trabajo que me gustaba tanto: escribía resultados en un folio que luego no sabía donde había puesto, no sabía cuando o qué me había motivado a escribir las cosas, o no sabía como recordarme el punto del proceso en que dejaba algo durante una semana con lo que tenía que recurrir a esos posits amarillos escurridizos que, de tan homogéneos, se minimizaban con el paisaje del despacho.

Así que ayer decidí acabar con eso. Me fui a una tienda de material de oficina y me compré mi nuevo cuaderno laboral de París. Con secciones separadas con hojas de cinco colores diferentes para poder hacer varios proyectos a la vez. Con un grosor considerable para que pueda permitirme empezar y acabar proyectos allí mismo. Lo creáis o no, eso me ha dado mucha paz. Presiento que cuaderno y yo, acabamos de empezar una relación tremendamente personal y profesional.

jueves, 23 de enero de 2014

LA COTIDIANIDAD



Me resulta muy curioso lo que ocurre cuando uno se va a vivir a un país nuevo. En principio, uno podría jugar el juego de escoger una nueva personalidad, escoger ser más serio, interesante, parlanchino… y probar a ver cómo le resulta. Sin embargo, a día de hoy es difícil viajar a algún sitio donde no conozcas realmente a nadie ya y además… sólo unos pocos consiguen agenciarse una nueva personalidad, como el que se cambia de abrigo.

El caso es que la gente que me está conociendo estos días se está forjando una opinión de mí algo distorsionada de mí. Probablemente piensen que ando metida con algún estupefaciente. Muchos –mayoritariamente extranjeros en Francia- me miran con extrañeza, tratando de entender porqué estoy contenta, porque ando siempre con una sonrisa por la calle… como si ellos hubieran olvidado que viven en la ciudad de las Maravillas.

Y aquí sigo… Todavía pellizcándome para darme cuenta de que poco a poco, comienzo a mordisquear tímidamente esta ciudad –y perdonad mi monotematismo últimamente, pero es que todavía no me acabo de hacer a la idea-. Me deleito escuchando y chapurreando el francés, ese idioma tan elegante, tan precioso. Es más me enzarzo en largas conversaciones con porteras, banqueros y señores de correos que me animan efusivamente, encantadores. Me pierdo cada vez que salgo a “comprar algo y vuelvo” o a dar “un pequeño paseo” y aparezco tres horas más tarde en la otra punta de la ciudad, con los pies doloridos y una boca abierta. Sucumbo a la tentación de entrar en librerías, cafeterías y tiendecitas para echar un vistazo que acaba dilatándose de manera inexplicable. Las hojas de mi libreta -que se activa con la gente especial- empiezan a atiborrarse con recomendaciones variopintas. Cada dos por tres me ofrecen el famoso roscón de reyes –la Gallette de Rois, que en Francia está hasta en la sopa durante Enero- y me encasquetan una corona porque me suele tocar la figurita. Cada día libre surgen encuentros con gente diferente, especial en sitios mágicos, increíbles. De hecho, todos los planes me resultan increíblemente apetecibles: llenos de arte, cultura, belleza, gente inquieta...

Y sí, a veces llueve, y hay que tener la cartera abierta muy a menudo, y los metros y los trenes no son los lugares más halagüeños del mundo. Pero eso son nimiedades que se le perdonan a esta ciudad que saca lo mejor de mí, lo transforma y me lo devuelve.

Conocer es a menudo, platónicamente, reconocer, es el brote de algo acaso ignorado hasta ese momento pero asumido como propio. Para ver un lugar es preciso volver a verlo. Lo conocido y lo familiar, continuamente redescubiertos y enriquecidos, son la premisa del encuentro, la seducción y la aventura; la vigésima o centésima vez que se habla con un amigo o se hace el amor con una persona amada son infinitamente más intensas que la primera. Esto vale también para los lugares; el viaje más fascinador es un regreso, una odisea, y los lugares de recorrido acostumbra, los microcosmos cotidianos atravesados durante años y años, son un desafío ulisiano. '¿Por qué cabalgáis por estas tierras?", pregunta el alférez en la famosa balada de Rilke al marqués que avanza a su lado. "Para regresar", responde el segundo. 

El infinito viajar. Claudio Magris

domingo, 19 de enero de 2014

PERSPECTIVAS


Obviamente, yo no tenía ni idea de qué camino tomaría Yuki. Todo ser humano alcanza su cúspide, cada uno a su manera. Una vez que ha ascendido, no le queda más remedio que bajar. Nadie sabe dónde está esa cúspide. Uno se pregunta si todavía no la ha alcanzado y, de pronto, ya has cruzado la divisoria. Nadie lo sabe. Unos la alcanzan a los doce años y luego arrastran una vida insulsa. Otros no paran de ascender toda su vida. Otros aún mueren en la cúspide. 

Baila, baila, baila. Haruki Murakami

miércoles, 15 de enero de 2014

CASI DEIDADES

Los que me conocéis sabéis que me gusta fijarme en las casualidades, en aquellas cosas que se repiten, en las cosas que no tendrían porque pasar de la misma manera, pero lo acaban haciendo… Lo que muchos llamarían supersticiosa y yo llamo esoqueprovocarespeto.


Por ejemplo, me pasa mucho con las fechas –porque también es verdad que siempre he tenido una memoria de elefante para ellas-. Recuerdo hace unos años, cuando volvía a casa para las fiestas de Navidad desde EEUU un 16 de Diciembre, ataqué un libro de Rosa Montero llamado La Función Delta que ella escribió en 1981 y donde la historia ocurría en el año 2010, si no recuerdo mal. Cuando faltaba una hora para nuestra llegada a España y apenas diez páginas de libro, mis ojos llegaron a las líneas finales en donde se leía que el protagonista moría el 16 de diciembre de 2010. Justamente el día en que yo estaba leyendo esto. ¿No os parece demasiado fuerte? No tuve otra más que escribirle un correo a la autora y contárselo.

Otro caso curioso relacionado con las fechas es que, hasta ahora, he trabajado en tres sitios diferentes en mi vida. En los tres sitios me anunciaron el mismo día, un 16 de Enero del 2004, 2008 y 2013 respectivamente, que me habían dado el puesto. ¿Cómo os quedáis?

Y la última anécdota misteriosa es algo que empezó a ocurrirme hace dos años y medio cuando volví a España desde EEUU. En cuestión de dos o tres meses, me encontré unas diez o doce cartas de baraja en diferentes sitios de la geografía española. Ahí estaba la carta, tirada en el suelo, a veces mojada, a veces rota, cada carta de un mazo diferente, de barajas españolas o francesas… Después de ese tiempo, desaparecieron. Ya no volví a encontrar ni una más. Nunca supe qué explicación darle a ese fenómeno, así que las estuve llevando en el bolso durante más de dos años religiosamente –qué se yo, me gustan los bolsos grandes-, hasta que hace un par de meses las perdí –quizá con la mudanza-. Lo curioso del caso es que el día de Navidad pasado, salí a hacer algo de deporte por la mañana antes de la comida y cuando ya llevaba un rato, me encontré, ahí, tirada en el suelo… una sota de espadas. Ya un poco de respeto –sino miedito- da, ¿no? Bien, pues no os alarméis. Según Internet, encontrarse una sota de espadas significa es lo siguiente:


La Sota de Espadas posee una inteligencia ágil y perspicaz. Es tremendamente observadora y analítica. Pasa por el tamiz de la lógica y la razón cualquier situación o emoción que pueda sentir. Jamás se deja arrastrar por impulsos, piensa detenidamente las cosas antes de hablar o actuar. Tiene un carácter firme y una personalidad muy bien construida. Busca ser independiente y autónoma en todos los sentidos: emocional, intelectual y económicamente. Se destaca por la gran confianza que tiene en sí misma, por tener una enorme capacidad de decisión y acción. Necesita perseguir metas elevadas, pues los retos son un estimulante para ella. Básicamente centra sus objetivos en el mundo intelectual. Es una apasionada de los estudios y de las profesiones que requieren un esfuerzo mental. 

Este naipe anuncia una etapa llena de orden y equilibrio en todos los aspectos. Se empiezan a materializar los proyectos que teníamos en mente. Están muy bien orientados y las decisiones que tomamos son las correctas. Es cierto que nos toparemos con pequeños inconvenientes, pero sabremos hallar numerosos caminos de salida. Pronto recogeremos el fruto de nuestros esfuerzos. 


Vamos, ahora mismo firmo. Así da gusto sentirte Truman en pleno show. Una ya esta ansiosa de que llegue la próxima temporada. Os mantendré informados.

domingo, 12 de enero de 2014

VIVIENDO EN EL LUCERO

Tras varios meses de espera ante el reencuentro definitivo con la ciudad de la luz, por fin nos hemos dado un largo abrazo. París, mi nuevo hogar, sigue siendo tan precioso como lo recordaba. Tanto tanto, que casi produce dolor. Allá donde mires tienes un edificio increíble, una tienda maravillosamente adornada –desde una tienda de quesos a un supermercado-, una buena librería, una terraza de un bar encantador, una frutería de cuento, un restaurante alucinante… Por no hablar de los edificios y vistas más majestuosas que todos tenemos en mente. De momento estoy algo débil físicamente y tengo que recuperarme, así que voy a ir esperando su momento adecuado. No hay prisa. Tenemos mucho tiempo por delante.

Hace un par de días, sin ir más lejos, salí del trabajo temprano y como estoy en el barrio de Montparnasse decidí ir a hacer una visita a la tumba de Cortazar. Lo cierto es que dar un paseo es algo demasiado apetecible en París: vas con la cabeza alta, mirando todos y cada uno de los edificios esplendorosos que te encuentras y cuando llegas al punto que te has marcado, piensas… voy a seguir un poco más. Y de esta manera, acabas echando tres horas, y llegas a casa exhausta, pero feliz. ¿Qué os voy a contar? Así es como la Maga y Oliveira se citaban en París.

Además, una cosa que me ha sorprendido es que tenía un recuerdo no demasiado agradable de los parisinos. Tenía una imagen de ellos más bien rudos, antipáticos o demasiado desagradables cuando no te entendían. Esta vez, sin embargo, la inmensa mayoría me están resultando encantadores, tratando de echar una mano cuando pueden, casi todos haciendo el esfuerzo de entender cuando hablo en francés y además, animándome a seguir intentándolo -lo que me hace estar deseosa de practicar en cualquier oportunidad-.

En fin, que son demasiadas cosas vividas en pocos días como para resumirlas en un post…Tengo una sensación tremendamente diferente a cuando me fui a EEUU. Aquí es como reencontrarme con un antiguo amor y descubrirte todavía enamorada hasta las trancas de él. Todavía ando un poco desubicada y no me hago a la idea que ya estoy viviendo aquí: en París. Todavía no soy consciente de que he hecho realidad un sueño antiguo: vivir en esta ciudad. Todavía me cuesta imaginarme que voy a convivir con tanta belleza, con tanta cultura, con semejante obra de arte viviente. Así, cuando me pellizco y me doy cuenta de que así es, me siento como si qué se yo, como si me hubiera tocado la lotería, como si una de las personas más maravillosa del mundo se hubiera enamorado de mí, como si un artista famoso me hubiera escrito una novela, dedicado una canción o pintado un cuadro… Pero luego, pienso que me lo he ganado, que he sido yo la que he orientado mi rumbo hasta aquí. La que he decidido sortear muchos escollos –y tragarme unos cuantas tormentas- para llegar a este puerto. Y entonces… soy yo la que decido que me merezco empacharme de esta ciudad, recibir a la ciudad de la luz llena de luz.

martes, 7 de enero de 2014

LA AVENTURA



Todavía te latirá el corazón con un ritmo acelerado, consciente al fin de que a partir de hoy la aventura desconocida empieza, el mundo se abre y te ofrece su tiempo... Tú existes... Tú estás de pie en la montaña ... Tu contestas con un silbido la entonación de Luneto... Vas a vivir... Vas a ser el punto de encuentro y la razón del órden universal ... Tiene una razón tu cuerpo... Tiene una razón tu vida... Eres, serás, fuiste el universo encarnado... Para ti se encenderán las galaxias y se incendiará el Sol... Para que tú ames y vivas y seas... Para que tú encuentres el secreto y mueras sin poder participarlo, porque sólo lo poseerás cuando tus ojos se cierren para siempre... 

Carlos Fuentes. La muerte de Artemio Cruz.

martes, 31 de diciembre de 2013

POR LOS FUTUROS BUENOS TIEMPOS



Ya estamos ahí. Ya se acaba el año, una vez más, y con él –como mujer que adora las listas, las tradiciones y los rituales- vuelvo a echar la vista al año que se va en unas horas para sintetizar lo que ha pasado en diferentes aspectos de mi vida y ser consciente –aunque sea mientras lo escribo- de lo vivido y lo sufrido, de lo logrado y lo errado, de lo que dejo atrás y forma parte de mí, y de lo que está por venir.

Si tengo que resumir en una palabra mi 2013 creo que me quedo con auto-aprendizaje. Después de eso también ha venido el renacimiento y crecimiento. Creo que he derribado a enormes dragones que llevaban mucho tiempo bailando conmigo. Ahora, al menos el camino está mucho más despejado. Eso sólo ya, merece un buen brindis.

Aunque otros años he elegido un modesto propósito para el futuro, este año, voy a abstenerme ya que tengo demasiada incertidumbre por delante como para concretar algo. Esperaré a que poco a poco la niebla se disipe y entonces disfrutaré y elegiré mi camino. Si, quizá esto puede considerarse un propósito.

Espero que vuestros balances y propósitos sean brillantes, exitosos y que el 2014 esté lleno de alegría. Un chin chin con tintes de 2014 desde aquí.


Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.

Defensa de la Alegría. Mario Benedetti.

martes, 24 de diciembre de 2013

ALTA MAR


Atravesar una sensación de limbo es algo extraño, una combinación de contrastes… No sabes si calificarla de agradable o aterradora, de aventura o de secuestro. Esa indescriptible sensación etérea de no permanecer a ningún sitio, de no tener unas largas raíces envolventes como mucho otros a tu alrededor, de fragilidad, de que un soplo de aire te pueda arrastrar en espiral hacia algún lugar cualquiera a la deriva, quizá peligroso o deplorable, quizá no; provoca, cuando menos, un buen nudo en el estómago.

Sé que mucha gente idealiza esta sensación y le asigna un nombre algo trivial: libertad. Si, es cierto que todos deberíamos poder decidir nuestros actos independientemente de nuestra condición social, familiar o laboral, pero esos lazos invisibles son más poderosos de lo que parecen a simple vista. Al final, solemos realizar caminos intrincados debidos a las zancadillas que esto lazos nos provocan. Pero eso es otro tema.

En mi caso, más que libertad, yo llamaría a este estremecimiento vértigo, gravedad cero… Supongo que no acarrear una retahíla de devastación detrás es bueno, símbolo de madurez y de buen hacer. Soy consciente de que con la gente importante no se le echa de menos, porque apenas notas si vives o no en la misma ciudad. Pero eso de ser un globo pendiente de un frágil hilo produce escalofríos… aunque en momentos lúcidos, también paz, e incluso una pizca de placer, sobre todo al recordar, porqué decidiste echar a volar hace muchos años ya.

Así que hoy, en este día de felicitaciones -¿de qué?- horteras, en el que todo el mundo se siente más bueno y generoso, yo, a cambio, declaro mi estatus de levedad y deseo que la vida nos haga descender, suave y limpiamente en un lugar mullido y blandito, donde allí si, nos apetezca poner algo de peso que tire de la cuerda.

Te gustaría sumar las horas que has pasado viajando a esos sitios [...], pero no sabrías cómo empezar, has perdido la pista de cuántos viajes has hecho por Estados Unidos, no tienes idea de cuántas veces has salido de Norteamérica para ir al extranjero, y por tanto jamás hallarás el número exacto ni aproximado de los miles de horas de tu vida que has pasado entre un sitio y otro, yendo y viniendo, las montañas de tiempo que has dedicado a ir en aviones, autobuses, trenes y coches, el tiempo desperdiciado en esforzarte por vencer los efectos del desfase horario, el aburrimiento de esperar a que anuncien tu vuelo en los aeropuertos, el tedio mortal de estar frente a la cinta de los equipajes mientras esperas a que tu maleta caiga por la rampa, pero nada te resulta más desconcertante que viajar en el avión mismo, esa extraña sensación de estar en ninguna parte que te envuelve cada vez que pones le pie en la cabina, la irrealidad de verte propulsado por el espacio a más de mil kilómetros por hora, tan lejos del suelo que empiezas a perder la impresión de tu misma realidad, como si el hecho de tu propia existencia se te fuera espaciando poco a poco,, pero tal es el precio que pagas por salir de casa, y mientras continúes viajando, esa ninguna parte que se encuentra entre el aquí de casa y el allí de algún sitio seguirá siendo uno de los lugares donde vives. 

Diario de invierno. Paul Auster

viernes, 20 de diciembre de 2013

RE-DESPEDIDA



Qué raras las despedidas. Tienen algo helador, como de muerte, y sin embargo despiertan la fuerza desesperada de la vida. Quizá las despedidas fundan un territorio, o nos devuelven al único territorio que de verdad nos pertenece, la soledad. Es como si, de tanto en tanto, una debiera regresar a esa zona, trazar una raya y decir: de aquí salí, ésta era yo. 

El viajero del siglo. Andrés Neuman

domingo, 15 de diciembre de 2013

LA REVOLUCIÓN DE LAS TRUFAS



Hace unos días hice una buena remesa de trufas caseras -que, no es por decirlo, pero me salen de rechupete- y decidí que iba a repartirlas entre esa gente que silenciosa, esos que están a nuestro alrededor, y que nos hacen la vida más fácil, más amable, aunque rara vez nos acordemos de la persona que hay detrás. Cuando una ha trabajado de cantante de orquesta de fiesta mayor sabe de lo que habla.

Así que un lunes por la mañana fui caminando de mi casa al trabajo con mi bandeja de trufas y las primeras cayeron en las manos de Paco, el señor de la tienda de pinturas y en las de su hija que correteaba por allí; unos metros después, Manolita la pescatera y su marido sólo quisieron coger una porque tenían que vigilar su peso, justo lo contrario que Marina la panadera, que la devoró casi con fruición. Al llegar a mi trabajo Paco, el conserje, tomó una con un ligero refunfuño amable –muy al estilo granadino- quejándose del tamaño XXL de aquellas trufas. Poco después, en la administración, fui testigo con agrado de cómo Francisco y Marian, los secretarios más eficientes de todos los tiempos, se les iluminaba la cara con su ración de chocolate… Cristina, Fina, Elisa, Rosa, Adrián… Secretarios, gerentes, cobradores... Ya, para finalizar aproveché que las cuatro chicas de la limpieza estaban haciendo su cafelito de descanso y se los endulcé un poco.

Me pareció muy curioso que todos se sorprendieran ante la ausencia de un motivo claro por el que una persona llega un día cualquiera y regala un poco de alegría. Lo cierto es que ese día insuflé un poco de dulzura en el mundo. Ese día me dio la sensación de que no es tan complicado provocar sonrisas, repartir felicidad –al estilo low–cost del calvo de lotería de Navidad-. Imaginaros el desafío mundial que puede suponer eso: iniciar la revolución de las trufas. Escoger un día cualquiera al año y dedicarse a repartir alegría –cada uno a nuestra manera-. ¿No podríamos cambiar el mundo?

Si algo aprendió Max Costa en cincuenta años de rodar por toda clase de sitios, es que los subalternos son más útiles que los jefes. Por eso procuró siempre estrechar relaciones con quienes de verdad resuelven problemas: conserjes, porteros, camareros, secretarias, taxistas o telefonistas. Gente por cuyas manos pasan los resortes de una sociedad acomodada. Pero tan prácticas relaciones no se improvisan; se establecen con el tiempo, sentido común y algo imposible de conseguir con dinero: una naturalidad de trato equivalente a decir hoy por mí, mañana por ti, y en todo caso te la debo, amigo mío. 


El tango de la guardia vieja. Arturo Pérez-Reverte

martes, 10 de diciembre de 2013

ALQUIMIA COMESTIBLE



Hace unos días me entró un mono terrible de cocinar. Me lancé a la calle en busca del material adecuado y compré harina en un sitio estupendo para hacer pan con masa madre que me habían regalado; todos los elementos necesarios para hacer una especialidad heredada de mi madre: trufas de chocolate; y un gran abanico de ingredientes más para hacer varios platos para toda la semana.

Lo cierto es que esos ratos en la cocina forman parte de otra lista de mis pequeños placeres. Esos instantes mezcla de magia, alquimia y sensación de hogar son irremplazables. Son momentos aparentemente lentos, en los que todo parece necesitar su tiempo, su ritmo, pero que en el que “se cuecen muchas cosas a la vez” -nunca mejor dicho-, y todas ellas necesitan nuestra completa dedicación.

Quizá por eso, para mí cocinar es un bálsamo que me ayuda a relajarme y dejar la mente en blanco. Esa sucesión de actos que sólo se dan en la cocina hace que tengamos que concentrar toda nuestra atención en un hervor, en que los cortes sean suficientemente finos, en que los alimentos queden sazonados en su justo punto o, en mi favorito, amasar algo con todo tu cuerpo.

Inmediatamente después, llega el trance para los sentidos: aspirar ese olor a pan recién hecho que se esparce por toda la casa, degustar un guiso recién hecho en su punto justo, visualizar las sonrisas de la gente cuando les regalas trufas… Y cuando ves que todo eso es embriagador y lo reconoces como tuyo, sólo puedes dejar que te embargue la emoción. En serio.

Si todavía no estáis enganchados, daros esta oportunidad se convertiros en alquimistas del siglo XX por unas horas. Descubriréis una actividad poderosísima que permanece latente en nuestras neveras o armarios, a la espera de que alguien la despierte.


Mientras tanto, ella había empezado ya a asignar un sabor y un olor determinados a cada persona, y se esforzaba por recordarlos con precisión cada vez que se tropezaba con cualquiera de sus portadores. Su madre sabía a tarta de limón con merengue tostado por encima, su padre a callos recién hechos y un poco picantes, su hermano mayor a besugo asado a la espalda, con mucho ajo...

Malena, una vida hervida. (Modelos de Mujer). Almudena Grandes.

viernes, 6 de diciembre de 2013

PEQUEÑOS PLACERES



En estos días en el que el insomnio, los nervios en el estómago, la avalancha de pensamientos repetitivos y/o circulares –mayormente inútiles debido a esa propiedad intrínseca de la vida por la que no sirve de mucho prever las cosas con demasiada antelación- y la lista interminable de pequeñas cosas, no me da tregua, voy haciendo uso de mis pequeños placeres al alcance de cualquier bolsillo.

En primer lugar, desgranar una buena cena con amigos mientras hablas abiertamente –maldita manía de evitar hablar de lo que nos duele- de nuestros miedos, es el mejor bálsamo que una puede encontrar. Eso es evidente, y al post anterior me remito.

Además de eso, y en otro orden, hay una retahíla de pequeños rituales que proporcionan algo de paz de espíritu Por ejemplo: leer un rato antes de levantarte de la cama, hacer el esfuerzo consciente de perderse en las callejuelas de una ciudad laberíntica, darte un baño largo con agua muy caliente,
comprarse un CD nuevo y dedicar su 40 minutos a saborear –carátula en mano- las letras que te van desgranando al oído o recuperar una película que ya habías visto y te había encantado y volverla a ver, para recuperar esa magnífica sensación de arte bien hecho.

Para mí, todo eso son magníficas herramientas que te evaden de un plumazo -al menos temporalmente- de los miedos más profundos, pero más absurdos también. Lo que, de alguna manera, te hacen relativizar y te recuerdan –por enésima vez- que al fin y al cabo, nada es tan importante.

domingo, 1 de diciembre de 2013

EL SUPERPODER DE LOS AMIGOS MUNDIALES

Hoy voy a hablaros del que, probablemente sea el poder más grande, expansivo y a su vez, más común de todos los deshilados hasta la fecha: el superpoder de la red mundial de amigos.



Todos deberíamos ser conscientes de que estamos absoluta y totalmente solos, por muy seres sociales que seamos, por el mero motivo de que poseemos un fuerte instinto de supervivencia que nos hace ocuparnos en primer lugar de nuestro propio destino. Sin embargo, una vez conseguimos mantenernos en un equilibrio temporal y llegar a un grado de satisfacción aceptable en nuestra vida, surge el concepto de la amistad: nos escogemos mutuamente con esas personas que han ido apareciendo en nuestras vidas, con las que nos queremos más especialmente, nos valoramos y siempre que esté en nuestra mano nos intentamos ayudar. La reciprocidad es una condición necesaria –si no es así, tiene fecha de caducidad- y además, debe ser de origen totalmente desinteresado. Te alegras con los logros de tus amigos, te entristeces con sus pérdidas. Intentas ayudar, consolar y celebrar la vida con ellos.

Además, los amigos son importantes porque en parte son trazadores de nuestras vidas. Son personas que nos han ayudado a tomar decisiones, nos han hecho ver pros o contras de las cosas, y han consolado nuestros miedos más profundos.

Una curiosa propiedad de la amistad es su estado latente. Existen periodos en los que no puedes cuidar mucho de ésta, pero existe un sustrato sobre el que sigue creciendo –o cuando menos, manteniéndose-. Sin embargo, en momentos críticos –ya se a de urgencia, euforia o calamidades- esa red se permea, se expande y se transforma para envolverte.

En mi caso particular, si en esta vida me felicito por el algo, es por tener el poder de haber tejido una inmensa red de amigos mundiales y de que, con el paso de los años, no deje de aumentar. Tengo la grandísima suerte de que la vida me ha presentado a gente fantástica sin la que hoy, no estaría aquí. Son, prácticamente, injertos de mi piel.

De nuevo, una vez más, estos días vuelvo a hacer uso de este gran superpoder y ante mi próxima aventura consistente en empezar una nueva vida en otro país, ya está esa gran familia mundial activada y transformándolo todo en algo mucho más llevadero, más amable, más brillante. Desde aquí un abrazo a todos y cada unos de los miembros de mi gran red.

Todos los seres humanos estamos condicionados por la historia, que todos somos hijos de una Época determinada, y nos movemos en ella como los actores de teatro se desenvuelven en un decorado. Marita y yo nos conocimos en un año concreto, en unas condiciones concretas, y nos hicimos amigas porque en aquel momento todo nos empujaba mutuamente, todo, nuestra edad, nuestra ideología, nuestros gustos, nuestra manera de entender las cosas, todo conspiraba para que acabáramos siendo amigas. 

Atlas de Geografía Humana. Almudena Grandes.

martes, 26 de noviembre de 2013

LO QUE NOS GUSTA


Una gran lección sobre el plantearse para qué sirve nuestra vida, sobre el "fuera los miedos y adentro la aventura", sobre el atreverse a renunciar a los colchones y darse cuenta de que muchas veces eran cadenas encubiertas, sobre hacer lo que a uno le requetegusta sobre todas las cosas y a liberarse del pánico que la página en blanco de un futuro incierto puede tener apostando por cosas tan delirantes como un violín-trompeta o un serrucho musical, sobre simplificar nuestra existencia y no conformarse con hacer lo que a uno le gusta, sino lo que encanta.

Bravo por esas ideas, ese coraje y por estas dos frases de este discurso improvisado que me han obnibulado:

"No puedes hacer lo que te gusta, sino haces lo que te gusta". 

"Hay tres pasos en lo que te gusta: lo que te gusta, lo que más te gusta y lo que te gusta de verdad dentro de lo que más te gusta." 


Qué fácil. Y no hay más que hablar.

viernes, 22 de noviembre de 2013

REALISMO ILUSTRADO



(Un abrazote desde aquí, Bea, por la canción)

Llevo un tiempo buscando piso en París en la distancia para mi nueva etapa que se aproxima inminentemente y la verdad es, que si bien varias personas me habían asegurado que era toda una hazaña propia de un descendiente directo del Cid campeador encontrar algo a un precio asequible, pensaba que exageraban o que habían tenido mala suerte. No podía imagina que era completamente verídico.

Aún no he aterrizado allí y pienso hacerlo con muchísimas ganas y toda la carne en el asador, pero así a priori, me parece muy sorprendente –cuando menos- que en una de las ciudades más increíbles del mundo, abanderada de la libertad y la igualdad, la gente viva hacinada. Estoy viendo gente de más de 40 años pagar 700 euros por una habitación en un piso compartido y aún así darse de bofetadas por conseguir uno. Estoy viendo pagar cantidades astronómicas por 20 metros cuadrados. Estoy viendo multitud de trabas burocráticas para alquilar un habitación. Y no sigo, que no es el lugar ni el momento.

La verdad es que pensé que, en esta nueva aventura mía en el extranjero, al ser en otro país de Europa -además de viejo conocido, sobre todo para los que somos del norte-, no tendría un choque cultural tan grande como el que tuve en EEUU, país con una historia y desarrollo muchísimo más divergente al nuestro en comparación con los europeos. Y sin embargo, creo que aún no estoy allí y ya me estoy llevando una gran sorpresa: ¿cómo es posible que la gente aguante eso tanto tiempo? Si gente como yo, que tenemos un sueldo medianamente digno, ahorros, contactos y por eso mismo, pertenecemos a un porcentaje muy pequeño de población, casi no podemos llegar a optar a un piso de 20 metros cuadrado, ¿quienes puede hacerlo entonces? ¿Porqué, entonces, la gente sigue viviendo así? ¿Es que la belleza, el alma, de la ciudad compensa lo suficiente? ¿Por qué no se alían entre ellos en lugar de pelear por ello? ¿No se trata de uno de los países del mundo que ostenta la fama de ser reivindicativo?

Y ya en un nivel más de filosofía: ¿Por qué aceptamos ciertas cosas? Supongo que es por el mismo motivo que la gente acepta estar en paro y seguir yendo a trabajar, o piensa que su amante dejará a su mujer por amor… Por una mezcla de ceguera voluntaria, pereza, miedo y ensoñación.

De cualquier manera, es sólo una primera impresión sin haber puesto el pie allí un tiempo largo. Volveré a contaros mis observaciones de éste y mucho otros aspectos una vez allá. Si algo he aprendido viajando es que una aprende cosas nuevas que valorará toda la vida y aprende a valorar cosas antiguas que no conocía su auténtico valor.


Siempre, en todos los grandes viajes y en los libros que quieres escribir, hay una hora en que tu sentido común y tu corazón te aconsejan rendirte, cuando nada se parece a lo que has imaginado ni a lo que te han dicho o has leído, y también cuando tu propio sueño se desmorona ante la realidad de tu poco valor y tu escaso talento Incluso cuando te das cuenta de que nada es seguro y que puedes encontrarte de bruces con lo que no imaginas. Pero es ése el momento en el que debes vencer  en el que debes decirte que hay que seguir, porque luego comprendes que se trata del mejor instante de tu vida.

Vagabundo en África. Javier Reverte