viernes, 28 de febrero de 2014

BARES DECISIVOS



Repartidos por toda la geografía mundial, poseo una colección de bares acogedores, repletos de seres anónimos, en los que me siento a mis anchas para pedirme una buena cerveza, sacar una libreta y un bolígrafo y disponerme a hacer mi lista de pros y contras para tomar una decisión. Son lo que llamo los bares de decisiones.

Cuando te ha pasado algo –bueno o malo- y quieres extraer una conclusión de eso, cuando tienes que decidir si hacer A o B, cuando quieres frenar el ritmo, tomar aire y reflexionar sobre lo que ocurre en tu vida, no hay nada como acudir a uno de estos bares. Hasta la cerveza sabe diferente.

Una vez has ordenado tus reflexiones y has sacado una conclusión – o al menos una decisión respecto al próximo paso a tomar- sientes un sensación que yo describiría como euforia serena –además de un cierto mareo dependiendo de los grados de la cerveza y tu estado físico-. Te sientes a gusto en ese despacho improvisado, has metido en un cajón algo que te preocupaba, y tienes vía libre para seguir disfrutando tu vida. Afuera está el mundo al que ya estás preparada para volver. Es uno de los mecanismos más cercanos que tengo a pulsar el pause del mundo.

Casi toda su vida, incluso en los tiempos ásperos de la primera juventud, fue moderado en eso -tal vez la palabra sea prudente, o cauto-, capaz de convertir el alcohol, ingerido por él o por otros, no en enemigo imprevisible, sino en aliado útil; en herramienta profesional de su equívoco oficio, u oficios, tan eficaz según los casos como podían serlo una sonrisa, un golpe o un beso. De cualquier modo, a estas alturas de su vida y camino del desguace irremediable, un trago ligero, un vaso de vino o vermut, un cocktail negroni bien mezclado, aún estimulaban su corazón y pensamientos. 

El tango de la guardia vieja. Arturo Pérez-Reverte

lunes, 24 de febrero de 2014

OTROS PLANOS


Creo que tiene usted razón, señor Faulques, dijo. La tiene en eso de las reglas y las rayas del tigre y las simetrías ocultas que de pronto se manifiestan, y uno descubre que tal vez siempre hayan estado ahí, dispuestas sorprendernos. Y es verdad que cualquier detalle puede cambiar la vida: un camino que no se toma, por ejemplo, o que se tarda en tomar a causa de una conversación, de un cigarrillo, de un recuerdo. 

El pintor de batallas. Arturo Pérez-Reverte.

lunes, 17 de febrero de 2014

PEQUEÑAS FLUCTUACIONES DE LO TOLERANTE

Hoy voy a hablar de un tema al margen de un correo que he recibido de mi amigo Juan –un abrazo desde aquí-, quien tiene la virtud de hacernos reflexionar a la vez que sonreirnos con sus geniales misivas: Vini, vidi, vincit y Al otro lado del telón de acero.

En su correo de hoy, hablaba sobre un artículo titulado “El fin de la tolerancia”. Como por mucho que me esfuerce en mirar ese puñado de letras en ese idioma frío y calculador, no voy a acabar de entender más que un puñado de palabras, me quedo con la sugerencia del título, con este fantástico corto titulado Majorite Opprimée (Mayoría Oprimida)



y con las inspiradoras reflexiones de Juan que copio a continuación con su permiso:

<<El articulo parece bastante interesante, aunque no soy tan listo como para entenderlo todo. Pero si me ha llevado a reflexionar sobre aquello que nuestra sociedad tolera y aquello que no. Por que toleramos algunas discriminaciones, por que esa tolerancia nos lleva a aceptar comportamientos que realmente son salvajadas, pero estan tan a la orden del día que ni lo vemos hasta que nos estalla en la cara. 

Y me pregunto si no podríamos juntos reducir esa tasa de dolor que existe en nuestra sociedad y que parece totalmente innecesaria.>>

Lo cierto es que cuando lo he leído esta mañana, he dado un respingo porque me resulta un tema muy familiar, un tema al que le he dado muchas vueltas, ha aparecido en numerosas ocasiones en diversas conversaciones con amigos inteligentes y audaces… para acabar siempre concluyendo en que existe una intolerancia enmascarada en nuestra sociedad.

Y no me refiero tan sólo a intolerancias de tipo más evidente como puede ser el papel de segundas de la mujer, los inmigrantes o las razas, sino a otras mucho más sutiles. Aquellas que se derivan de la longitud del espectro de cada uno. Por ejemplo, ¿por qué la gente educada y coherente que decidimos pensárnoslo dos veces antes de casarnos, enamorarnos, ser madres/padres tenemos que soportar el goteo incesante de palabreo de gente que lo ha pensado mucho menos que nosotros y encima, no está contento con ello? ¿Porqué si decidimos contestar un "y tú, ¿cuando vas a leer tu primer libro?" o "¿cuando vas a dejar de hacer faltas de ortografía?" la sociedad lo equipara inmediatamente a una falta de respeto pero, por lo contrario decir "se te está pasando el arroz" o "¿cuando vais a por el hijo?" no es más que una broma cariñosa?  ¿Porqué tenemos que seguir cambiando nuestros planes para ir a todas las bodas/bautizos que nos invitan y no para ir a otros eventos “menos importantes” como los cumpleaños de amigos queridos? ¿Porqué se considera muy intolerante decir que prefieres irte de vacaciones con ese dinero y tiempo? ¿Porqué soportamos que alguien hable con el móvil diez minutos sin la menor explicación cuando hemos quedado sólo con una persona y no nos largamos? ¿Porqué cuesta tanto definir el umbral de lo tolerante?

En fin… hay muchas paradojas que poco a poco hemos ido aceptando, y cada vez, de manera más sutil están trazando una desigualdad entre la gente ‘eduacada y respsetuosa’ y la que no. Y ojo, que no hace falta tener un doctorado. Hay mucha gente –a la que reverencio- que respeta las opciones de los demás, vive y deja vivir, a pesar de que nunca han pisado una escuela.

El caso es que hoy me han entrado ganas de juntarnos de nuevo con todos esos amigos respetuosos en torno a unas cervezas y volver a abrir un debate. Como de momento el teletransporte no avanza demasiado, éste puede ser un camino –algo menos cálido, pero más práctico- para hacerlo y como mínimo, acabar llamando las cosas por su nombre.

jueves, 13 de febrero de 2014

IMANTACIÓN



Ella bailaba de forma sorprendente, comprobó de nuevo. El tango no requería espontaneidad, sino propósitos insinuados y ejecutados de inmediato en un silencio taciturno, casi rencoroso. Y así se movían los dos, con encuentros y desencuentros, quiebros calculados, intuiciones mutuas que les permitían deslizarse con naturalidad por la pista, entre parejas que tangueaban con evidente torpeza amateur. Por experiencia profesional, Max sabía que el tango era imposible ejecutarlo sin una pareja adiestrada, capaz de adaptarse a un baile donde la marcha se detenía súbita, frenando el ritmo el hombre, en remedo de lucha en la que, enlazada a él, la mujer intentaba una continua fuga para detenerse cada vez, orgullosa y provocadoramente vencida. Y aquella mujer era esa clase de pareja.

El tango de la guardia vieja. Arturo Pérez-Reverte

domingo, 9 de febrero de 2014

CODO A CODO

Esta mañana he ido a dar un paseo por uno de los cementerios más famosos de París y del mundo: el cementerio de Père Lachaise. Para mí, ir a los cementerios exigen algo de preparación –quizá sea porque desde pequeña tuve contacto directo con la muerte y por tanto, con el ritual de las flores, las plegarias y los entierros- y aunque muchos de ellos sean hoy auténticas atracciones turísticas, nunca me dejan de provocar una mezcla de respeto y pensamientos transcendentales.

Por ejemplo, me resulta sorprendente el pensar que a pocos metros de esos lugares donde se almacena gente que ya no existe, una especia de museo de historia, existen bares, librerías, trenes donde la vida bulle, apabullante. Me resulta chocante este comportamiento humano por el que buscamos desesperadamente –incluso preguntando a los transeúntes- donde se encuentra un determinado escritor, músico o personaje famoso para llegar a una losa con signos visibles del paso del tiempo, muy similar a todas las de su alrededor, con la diferencia de que una gran multitud se agolpa a su alrededor cámara en mano como si esa fuera la prueba definitiva de que no era una cuento, de que menganito existió y ahí está definitivamente –puesto en estos términos, todo esto le da una cierta reminiscencia a Black Mirror-.

La primera vez que visité este museo de la muerte hace siete años, yo también me reencontré con Jim Morrison, Chopin, Oscar Wilde, Edith Piaff o Steffan Grapelli, entre otros. También fui de propio a ver a Cortázar al Cementerio de Montparnasse y volví hace unas semanas a dedicarle mi propia Alegría del Cronopio. Y he de decir que me emocionan ciertos homenajes que se observan cerca de esos lugares –dedicatorias, regalitos, canciones…- Es más, me produce admiración el hecho que alguien, con su arte o su buen hacer, siga emocionando a la gente aún después de muerto. Eso es parte de la magia del arte. Puede perdurar mucho más allá de tu efímera existencia.

Sin embargo, hoy he ido de otro modo a este jardín fúnebre. Me he ido a dar un paseo, a disfrutar el paisaje, a tomar algo de aire fresco en un domingo mañanero salpicado con algún rayo de sol. Y me he perdido sin rumbo fijo por esas calles silenciosas, con edificaciones irreales aliñadas con tremendas ornamentaciones o austeras lápidas. Me he preguntado si las florituras externas de esas piedras se corresponderían con lo buena que fue esa persona, con lo que quiso, con sus sueños, o con sus ilusiones o simplemente con las riquezas de su familia. No he llegado a ninguna conclusión. Me he preguntado si muchas de esas personas –prácticamente anónimas para el 99.9% de los visitantes de este museo- no habrían hecho algo tan digno de admiración como sus vecinos más conocidos. Es más, hasta me he preguntado, si no estarían todos los esqueletos en alguna taberna subterránea elucubrando sobre todo esto.

Así, estas reflexiones me han arrastrado a la noción clara – a veces se poseen verdades instantáneamente más lúcidas que otras- que todos los que hoy día nos conocemos, los compañeros del metro, nuestras personas más admiradas, correremos igual suerte en pocos años. Nos catalogarán con una inscripción y nos archivarán para siempre con un buen montón de tierra encima. Probablemente, nadie se acordará de nosotros en como mucho, cien años, y esa será nuestra historia. Insignificantes y majestuosos al mismo tiempo.

jueves, 6 de febrero de 2014

ROMANTICISMO EXCESIVO


Si queréis ver como sigue, aquí lo podéis ver entero (pagando). Vale la pena.

Al hilo de éste y el post anterior, ya tengo palabra favorita en francés -imagino que temporal, que aún me queda un buen trecho-: grain de beauté (lunar en castellano) que, dicho sea de paso, también en nuestro idioma es un vocablo precioso.

domingo, 2 de febrero de 2014

LENGUA DE TRAPO



Ya no me acordaba la montaña rusa que es aprender un idioma… Por un lado tienes esta sensación eufórica de poder decir algo, de poder entenderte con alguien, de poder obtener algo simple como la hora, o una barra de pan, de que te den una palmadita en el hombro y afirmen que hablas muy bien –aunque sea por pura amabilidad-… Pero por otro, tienes esta vergüenza innata ante esa sonrisa de reconocimiento de un acento extraño de la gente, las caras de asombro cuando la gente no se espera que balbucees algo ininteligible o el nerviosismo que produce el decir cosas lentamente –para los que hablamos a velocidades cercanas a la de la luz, todavía más-.

Además, a todo esto hay que sumarle el lento proceso en el que poco a poco vas recopilando vocabulario nuevo –pero también vas olvidando mucho de lo que aprendes-, vas corrigiendo errores, vas aprendiendo a pronunciar adecuadamente… Te encantaría avanzar mucho más rápido y poder tener conversaciones fluidas, bromas y guiños, sin embargo tienes esa desesperante sensación parecida a haberte hecho un esguince y por lo tanto, ser incapaz de correr rápido…

En fin, que está bien recordar que el camino para conseguir dominar un idioma con soltura es algo incómodo y frustrante: exige quitarse la cuerda de seguridad y lanzarse a recopilar expresiones de extrañeza, simpatía o indiferencia, además de un ligero dolor de cabeza constante durante un cierto tiempo. La recompensa compensa con creces y por eso, la humanidad sigue pasando por esos procesos –de la misma manera que continúa reproduciéndose-. Espero ansiosa el día en que me regocije con mi propio vocabulario.


Gracias a él, descubrí que la predisposición para los idiomas es tan misteriosa como la de ciertas personas para las matemáticas o la música, no tiene nada que ver con la inteligencia ni el conocimiento. Es algo aparte, un don que algunos poseen y otros no.

Travesuras de la niña mala. Mario Vargas Llosa

domingo, 26 de enero de 2014

RELACIONES LIBRETALES

Siempre me gustaron las libretas: las grandes con muchas hojas para seguir una clase o un curso durante un año, las pequeñas de bolsillo para estar allí en cualquier momento en que los necesites –si, me doy cuenta de que esto se ha quedado anticuado con las nuevas tecnologías, pero donde esté un papel manuscrito, que se quite lo demás-, las de tamaño medio con tapas duras y un diseño propio de un museo para dedicarlas a algo precioso y especial que te apetezca: coleccionar tus retazos de una ciudad, hacer una lista infinita de tus logros a largo plazo, apuntar el momento bueno de cada día… En resumen, que para mí un montón de hojas con un lomo, una espiral y una portada siempre ha tenido mucho más significado que un manojo de folios sueltos.

Hace un par de días, mi amiga Myriam –un besazo desde aquí- me regaló una libreta preciosa hecha por ella que, junto la que me regaló mi amiga Cris para mi nueva etapa se han convertido en las libretas vitales oficiales de París, donde voy a ordenar –según mi propia métrica- mis vivencias Parisinas.

Por otro lado, hace ya años que lamento haber perdido ese hábito de la libreta-faro a nivel laboral. Lo había tenido durante toda mi adolescencia y en la carrera universitaria pero, cuando empecé a trabajar, de una manera inconsciente empecé a notar unas miradas algo paternales con lecturas al estilo de: "ya eres mayorcita para un cuaderno" o “eso no es demasiado profesional", junto con argumentos como los de "no hay nada más cómodo que llevarse un puñado de folios para un viaje de trabajo", a lo que sucumbí sin darme cuenta. Desde entonces, perdí ese grado de organización y metodización en el trabajo que me gustaba tanto: escribía resultados en un folio que luego no sabía donde había puesto, no sabía cuando o qué me había motivado a escribir las cosas, o no sabía como recordarme el punto del proceso en que dejaba algo durante una semana con lo que tenía que recurrir a esos posits amarillos escurridizos que, de tan homogéneos, se minimizaban con el paisaje del despacho.

Así que ayer decidí acabar con eso. Me fui a una tienda de material de oficina y me compré mi nuevo cuaderno laboral de París. Con secciones separadas con hojas de cinco colores diferentes para poder hacer varios proyectos a la vez. Con un grosor considerable para que pueda permitirme empezar y acabar proyectos allí mismo. Lo creáis o no, eso me ha dado mucha paz. Presiento que cuaderno y yo, acabamos de empezar una relación tremendamente personal y profesional.

jueves, 23 de enero de 2014

LA COTIDIANIDAD



Me resulta muy curioso lo que ocurre cuando uno se va a vivir a un país nuevo. En principio, uno podría jugar el juego de escoger una nueva personalidad, escoger ser más serio, interesante, parlanchino… y probar a ver cómo le resulta. Sin embargo, a día de hoy es difícil viajar a algún sitio donde no conozcas realmente a nadie ya y además… sólo unos pocos consiguen agenciarse una nueva personalidad, como el que se cambia de abrigo.

El caso es que la gente que me está conociendo estos días se está forjando una opinión de mí algo distorsionada de mí. Probablemente piensen que ando metida con algún estupefaciente. Muchos –mayoritariamente extranjeros en Francia- me miran con extrañeza, tratando de entender porqué estoy contenta, porque ando siempre con una sonrisa por la calle… como si ellos hubieran olvidado que viven en la ciudad de las Maravillas.

Y aquí sigo… Todavía pellizcándome para darme cuenta de que poco a poco, comienzo a mordisquear tímidamente esta ciudad –y perdonad mi monotematismo últimamente, pero es que todavía no me acabo de hacer a la idea-. Me deleito escuchando y chapurreando el francés, ese idioma tan elegante, tan precioso. Es más me enzarzo en largas conversaciones con porteras, banqueros y señores de correos que me animan efusivamente, encantadores. Me pierdo cada vez que salgo a “comprar algo y vuelvo” o a dar “un pequeño paseo” y aparezco tres horas más tarde en la otra punta de la ciudad, con los pies doloridos y una boca abierta. Sucumbo a la tentación de entrar en librerías, cafeterías y tiendecitas para echar un vistazo que acaba dilatándose de manera inexplicable. Las hojas de mi libreta -que se activa con la gente especial- empiezan a atiborrarse con recomendaciones variopintas. Cada dos por tres me ofrecen el famoso roscón de reyes –la Gallette de Rois, que en Francia está hasta en la sopa durante Enero- y me encasquetan una corona porque me suele tocar la figurita. Cada día libre surgen encuentros con gente diferente, especial en sitios mágicos, increíbles. De hecho, todos los planes me resultan increíblemente apetecibles: llenos de arte, cultura, belleza, gente inquieta...

Y sí, a veces llueve, y hay que tener la cartera abierta muy a menudo, y los metros y los trenes no son los lugares más halagüeños del mundo. Pero eso son nimiedades que se le perdonan a esta ciudad que saca lo mejor de mí, lo transforma y me lo devuelve.

Conocer es a menudo, platónicamente, reconocer, es el brote de algo acaso ignorado hasta ese momento pero asumido como propio. Para ver un lugar es preciso volver a verlo. Lo conocido y lo familiar, continuamente redescubiertos y enriquecidos, son la premisa del encuentro, la seducción y la aventura; la vigésima o centésima vez que se habla con un amigo o se hace el amor con una persona amada son infinitamente más intensas que la primera. Esto vale también para los lugares; el viaje más fascinador es un regreso, una odisea, y los lugares de recorrido acostumbra, los microcosmos cotidianos atravesados durante años y años, son un desafío ulisiano. '¿Por qué cabalgáis por estas tierras?", pregunta el alférez en la famosa balada de Rilke al marqués que avanza a su lado. "Para regresar", responde el segundo. 

El infinito viajar. Claudio Magris

domingo, 19 de enero de 2014

PERSPECTIVAS


Obviamente, yo no tenía ni idea de qué camino tomaría Yuki. Todo ser humano alcanza su cúspide, cada uno a su manera. Una vez que ha ascendido, no le queda más remedio que bajar. Nadie sabe dónde está esa cúspide. Uno se pregunta si todavía no la ha alcanzado y, de pronto, ya has cruzado la divisoria. Nadie lo sabe. Unos la alcanzan a los doce años y luego arrastran una vida insulsa. Otros no paran de ascender toda su vida. Otros aún mueren en la cúspide. 

Baila, baila, baila. Haruki Murakami

miércoles, 15 de enero de 2014

CASI DEIDADES

Los que me conocéis sabéis que me gusta fijarme en las casualidades, en aquellas cosas que se repiten, en las cosas que no tendrían porque pasar de la misma manera, pero lo acaban haciendo… Lo que muchos llamarían supersticiosa y yo llamo esoqueprovocarespeto.


Por ejemplo, me pasa mucho con las fechas –porque también es verdad que siempre he tenido una memoria de elefante para ellas-. Recuerdo hace unos años, cuando volvía a casa para las fiestas de Navidad desde EEUU un 16 de Diciembre, ataqué un libro de Rosa Montero llamado La Función Delta que ella escribió en 1981 y donde la historia ocurría en el año 2010, si no recuerdo mal. Cuando faltaba una hora para nuestra llegada a España y apenas diez páginas de libro, mis ojos llegaron a las líneas finales en donde se leía que el protagonista moría el 16 de diciembre de 2010. Justamente el día en que yo estaba leyendo esto. ¿No os parece demasiado fuerte? No tuve otra más que escribirle un correo a la autora y contárselo.

Otro caso curioso relacionado con las fechas es que, hasta ahora, he trabajado en tres sitios diferentes en mi vida. En los tres sitios me anunciaron el mismo día, un 16 de Enero del 2004, 2008 y 2013 respectivamente, que me habían dado el puesto. ¿Cómo os quedáis?

Y la última anécdota misteriosa es algo que empezó a ocurrirme hace dos años y medio cuando volví a España desde EEUU. En cuestión de dos o tres meses, me encontré unas diez o doce cartas de baraja en diferentes sitios de la geografía española. Ahí estaba la carta, tirada en el suelo, a veces mojada, a veces rota, cada carta de un mazo diferente, de barajas españolas o francesas… Después de ese tiempo, desaparecieron. Ya no volví a encontrar ni una más. Nunca supe qué explicación darle a ese fenómeno, así que las estuve llevando en el bolso durante más de dos años religiosamente –qué se yo, me gustan los bolsos grandes-, hasta que hace un par de meses las perdí –quizá con la mudanza-. Lo curioso del caso es que el día de Navidad pasado, salí a hacer algo de deporte por la mañana antes de la comida y cuando ya llevaba un rato, me encontré, ahí, tirada en el suelo… una sota de espadas. Ya un poco de respeto –sino miedito- da, ¿no? Bien, pues no os alarméis. Según Internet, encontrarse una sota de espadas significa es lo siguiente:


La Sota de Espadas posee una inteligencia ágil y perspicaz. Es tremendamente observadora y analítica. Pasa por el tamiz de la lógica y la razón cualquier situación o emoción que pueda sentir. Jamás se deja arrastrar por impulsos, piensa detenidamente las cosas antes de hablar o actuar. Tiene un carácter firme y una personalidad muy bien construida. Busca ser independiente y autónoma en todos los sentidos: emocional, intelectual y económicamente. Se destaca por la gran confianza que tiene en sí misma, por tener una enorme capacidad de decisión y acción. Necesita perseguir metas elevadas, pues los retos son un estimulante para ella. Básicamente centra sus objetivos en el mundo intelectual. Es una apasionada de los estudios y de las profesiones que requieren un esfuerzo mental. 

Este naipe anuncia una etapa llena de orden y equilibrio en todos los aspectos. Se empiezan a materializar los proyectos que teníamos en mente. Están muy bien orientados y las decisiones que tomamos son las correctas. Es cierto que nos toparemos con pequeños inconvenientes, pero sabremos hallar numerosos caminos de salida. Pronto recogeremos el fruto de nuestros esfuerzos. 


Vamos, ahora mismo firmo. Así da gusto sentirte Truman en pleno show. Una ya esta ansiosa de que llegue la próxima temporada. Os mantendré informados.

domingo, 12 de enero de 2014

VIVIENDO EN EL LUCERO

Tras varios meses de espera ante el reencuentro definitivo con la ciudad de la luz, por fin nos hemos dado un largo abrazo. París, mi nuevo hogar, sigue siendo tan precioso como lo recordaba. Tanto tanto, que casi produce dolor. Allá donde mires tienes un edificio increíble, una tienda maravillosamente adornada –desde una tienda de quesos a un supermercado-, una buena librería, una terraza de un bar encantador, una frutería de cuento, un restaurante alucinante… Por no hablar de los edificios y vistas más majestuosas que todos tenemos en mente. De momento estoy algo débil físicamente y tengo que recuperarme, así que voy a ir esperando su momento adecuado. No hay prisa. Tenemos mucho tiempo por delante.

Hace un par de días, sin ir más lejos, salí del trabajo temprano y como estoy en el barrio de Montparnasse decidí ir a hacer una visita a la tumba de Cortazar. Lo cierto es que dar un paseo es algo demasiado apetecible en París: vas con la cabeza alta, mirando todos y cada uno de los edificios esplendorosos que te encuentras y cuando llegas al punto que te has marcado, piensas… voy a seguir un poco más. Y de esta manera, acabas echando tres horas, y llegas a casa exhausta, pero feliz. ¿Qué os voy a contar? Así es como la Maga y Oliveira se citaban en París.

Además, una cosa que me ha sorprendido es que tenía un recuerdo no demasiado agradable de los parisinos. Tenía una imagen de ellos más bien rudos, antipáticos o demasiado desagradables cuando no te entendían. Esta vez, sin embargo, la inmensa mayoría me están resultando encantadores, tratando de echar una mano cuando pueden, casi todos haciendo el esfuerzo de entender cuando hablo en francés y además, animándome a seguir intentándolo -lo que me hace estar deseosa de practicar en cualquier oportunidad-.

En fin, que son demasiadas cosas vividas en pocos días como para resumirlas en un post…Tengo una sensación tremendamente diferente a cuando me fui a EEUU. Aquí es como reencontrarme con un antiguo amor y descubrirte todavía enamorada hasta las trancas de él. Todavía ando un poco desubicada y no me hago a la idea que ya estoy viviendo aquí: en París. Todavía no soy consciente de que he hecho realidad un sueño antiguo: vivir en esta ciudad. Todavía me cuesta imaginarme que voy a convivir con tanta belleza, con tanta cultura, con semejante obra de arte viviente. Así, cuando me pellizco y me doy cuenta de que así es, me siento como si qué se yo, como si me hubiera tocado la lotería, como si una de las personas más maravillosa del mundo se hubiera enamorado de mí, como si un artista famoso me hubiera escrito una novela, dedicado una canción o pintado un cuadro… Pero luego, pienso que me lo he ganado, que he sido yo la que he orientado mi rumbo hasta aquí. La que he decidido sortear muchos escollos –y tragarme unos cuantas tormentas- para llegar a este puerto. Y entonces… soy yo la que decido que me merezco empacharme de esta ciudad, recibir a la ciudad de la luz llena de luz.

martes, 7 de enero de 2014

LA AVENTURA



Todavía te latirá el corazón con un ritmo acelerado, consciente al fin de que a partir de hoy la aventura desconocida empieza, el mundo se abre y te ofrece su tiempo... Tú existes... Tú estás de pie en la montaña ... Tu contestas con un silbido la entonación de Luneto... Vas a vivir... Vas a ser el punto de encuentro y la razón del órden universal ... Tiene una razón tu cuerpo... Tiene una razón tu vida... Eres, serás, fuiste el universo encarnado... Para ti se encenderán las galaxias y se incendiará el Sol... Para que tú ames y vivas y seas... Para que tú encuentres el secreto y mueras sin poder participarlo, porque sólo lo poseerás cuando tus ojos se cierren para siempre... 

Carlos Fuentes. La muerte de Artemio Cruz.

martes, 31 de diciembre de 2013

POR LOS FUTUROS BUENOS TIEMPOS



Ya estamos ahí. Ya se acaba el año, una vez más, y con él –como mujer que adora las listas, las tradiciones y los rituales- vuelvo a echar la vista al año que se va en unas horas para sintetizar lo que ha pasado en diferentes aspectos de mi vida y ser consciente –aunque sea mientras lo escribo- de lo vivido y lo sufrido, de lo logrado y lo errado, de lo que dejo atrás y forma parte de mí, y de lo que está por venir.

Si tengo que resumir en una palabra mi 2013 creo que me quedo con auto-aprendizaje. Después de eso también ha venido el renacimiento y crecimiento. Creo que he derribado a enormes dragones que llevaban mucho tiempo bailando conmigo. Ahora, al menos el camino está mucho más despejado. Eso sólo ya, merece un buen brindis.

Aunque otros años he elegido un modesto propósito para el futuro, este año, voy a abstenerme ya que tengo demasiada incertidumbre por delante como para concretar algo. Esperaré a que poco a poco la niebla se disipe y entonces disfrutaré y elegiré mi camino. Si, quizá esto puede considerarse un propósito.

Espero que vuestros balances y propósitos sean brillantes, exitosos y que el 2014 esté lleno de alegría. Un chin chin con tintes de 2014 desde aquí.


Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.

Defensa de la Alegría. Mario Benedetti.

martes, 24 de diciembre de 2013

ALTA MAR


Atravesar una sensación de limbo es algo extraño, una combinación de contrastes… No sabes si calificarla de agradable o aterradora, de aventura o de secuestro. Esa indescriptible sensación etérea de no permanecer a ningún sitio, de no tener unas largas raíces envolventes como mucho otros a tu alrededor, de fragilidad, de que un soplo de aire te pueda arrastrar en espiral hacia algún lugar cualquiera a la deriva, quizá peligroso o deplorable, quizá no; provoca, cuando menos, un buen nudo en el estómago.

Sé que mucha gente idealiza esta sensación y le asigna un nombre algo trivial: libertad. Si, es cierto que todos deberíamos poder decidir nuestros actos independientemente de nuestra condición social, familiar o laboral, pero esos lazos invisibles son más poderosos de lo que parecen a simple vista. Al final, solemos realizar caminos intrincados debidos a las zancadillas que esto lazos nos provocan. Pero eso es otro tema.

En mi caso, más que libertad, yo llamaría a este estremecimiento vértigo, gravedad cero… Supongo que no acarrear una retahíla de devastación detrás es bueno, símbolo de madurez y de buen hacer. Soy consciente de que con la gente importante no se le echa de menos, porque apenas notas si vives o no en la misma ciudad. Pero eso de ser un globo pendiente de un frágil hilo produce escalofríos… aunque en momentos lúcidos, también paz, e incluso una pizca de placer, sobre todo al recordar, porqué decidiste echar a volar hace muchos años ya.

Así que hoy, en este día de felicitaciones -¿de qué?- horteras, en el que todo el mundo se siente más bueno y generoso, yo, a cambio, declaro mi estatus de levedad y deseo que la vida nos haga descender, suave y limpiamente en un lugar mullido y blandito, donde allí si, nos apetezca poner algo de peso que tire de la cuerda.

Te gustaría sumar las horas que has pasado viajando a esos sitios [...], pero no sabrías cómo empezar, has perdido la pista de cuántos viajes has hecho por Estados Unidos, no tienes idea de cuántas veces has salido de Norteamérica para ir al extranjero, y por tanto jamás hallarás el número exacto ni aproximado de los miles de horas de tu vida que has pasado entre un sitio y otro, yendo y viniendo, las montañas de tiempo que has dedicado a ir en aviones, autobuses, trenes y coches, el tiempo desperdiciado en esforzarte por vencer los efectos del desfase horario, el aburrimiento de esperar a que anuncien tu vuelo en los aeropuertos, el tedio mortal de estar frente a la cinta de los equipajes mientras esperas a que tu maleta caiga por la rampa, pero nada te resulta más desconcertante que viajar en el avión mismo, esa extraña sensación de estar en ninguna parte que te envuelve cada vez que pones le pie en la cabina, la irrealidad de verte propulsado por el espacio a más de mil kilómetros por hora, tan lejos del suelo que empiezas a perder la impresión de tu misma realidad, como si el hecho de tu propia existencia se te fuera espaciando poco a poco,, pero tal es el precio que pagas por salir de casa, y mientras continúes viajando, esa ninguna parte que se encuentra entre el aquí de casa y el allí de algún sitio seguirá siendo uno de los lugares donde vives. 

Diario de invierno. Paul Auster