lunes, 28 de noviembre de 2016

QUERIDOS TALONES


Como ya hemos hablado muchas otras veces, el cuerpo humano es realmente un amasijo perfecto de músculos, huesos, órganos inteligentes que activan sus defensas y sus mecanismos con una lucidez de espanto. Eso me lleva maravillando desde hace mucho tiempo: el gran Universo que tenemos en nuestro interior.

Sin embargo, hace un par de días me hicieron daño unos zapatos y me llagaron los talones… Nunca, pero nunca hubiera pensado que unas llagas –en carne viva- en los talones pudieran provocar semejante dolor. Tanto que llevo dos días que ando renqueando aun llevando la heridas con gasas y protección… Ahora entiendo a Aquiles, el angélico.

Y sí, ahora es de esos momentos en lo que me doy cuenta la poca importancia que les he dado yo a mis talones… Voy por la calle y miro a la gente apaciblemente andando como si nada con sus pies limpios de llagas y me invade una inmensa tristeza de haberme tenido que dar cuenta de este modo. Es como aquella vez hace un porrón de años, cuando aprendí a valorar mis pies al hacerme un esguince y adelantarme todo el mundo por la calle, muy a mi pesar.

En fin, talones míos, he aprendido la lección. A partir de ahora os trataré como oro en paño y nunca os dejaré desprovistos de esa piel dura y resistente.

Mi vida es una especia de Llaga No Cicatrizada, como tú dices, y que procuro mantener llena de gentes, accidentes, enfermedades, todo lo que encuentro a a mano. Tienes razón cuando me dices que es una excusa para no vivir mejor, con más sensatez. Pero aunque respeto tus disciplinas y tu saber, siento que si alguna vez he de aceptarme a mí misma, sólo lo lograré pasando a través de las escorias de mi carácter, quemándolas. 

Justine. El cuarteto de Alejandría. Lawrence Durrell

sábado, 26 de noviembre de 2016

EL QUID DE LAS COSAS

Esta semana, tuve la ocasión de asistir a una tesis sobre Filosofía de la Ciencia y escuchar casi cuatro horas de preguntas, reflexiones y cuestiones fundamentales. La verdad es que, en pleno siglo XXI donde todo funciona con plazos, objetivos y resultados, me resultó un viaje al pasado a, quizá, aquella época en la que los filósofos griegos se reunían para preguntarse el porqué de las cosas.

Este video no llega a esos niveles, pero no deja de descubrirnos miradas mucho más profundas de lo que existe aquí y ahora. Desde aquí, os invito a verlo y a tomaros unos minutos para la reflexión y la imaginación. Ya me contaréis.

 
  (Subtítulos no disponibles en castellano todavía)

domingo, 23 de octubre de 2016

LA CUENTA DEL TIEMPO



Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj 

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj. 

Instrucciones para dar cuerda al reloj

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. ¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa. 

Julio Cortazar

sábado, 8 de octubre de 2016

AL ABRIGO DE LAS PALABRAS



Existe en París, en esta ciudad de belleza –material e inmaterial- absoluta, un lugar donde el tiempo se para y una siente que ahí se habla de lo esencial, de lo importante. Donde la atmósfera se recoge, nadie saca su smartphone, ni su cámara, ni su reloj; tan sólo libros, un respeto cordial y una predisposición a dejarse tocar por bellas palabras.

Este sitio, el club des poetes, al que suelo llevar a mis amigos cuando tengo una mínima oportunidad, se creó hace 55 años por el padre del actual dueño, Blais Rosney, también poeta. Yo lo descubrí tan sólo por casualidad, cuando llegué a París y, sabiendo que estaba en una de las ciudades más artísticas que existen, busqué un sitio donde se hablara de literatura, de poesía y, aunque sorprendentemente no hay tantos como pensaba, dí con él.

Aquí, cada martes, viernes y sábado, se cena si se quiere –totalmente casero, con su cuchillo de barra de pan-, se toma un vaso de vino y a las diez, la luz decae y se recita poesía de memoria –única norma de este sitio-, clamándola, sintiéndola y haciéndola llegar a todos. Una de los aspectos más sorprendentes es que la gran mayoría del público es verdaderamente joven, sin llegar a los 30. Desde mi punto de vista, si existen jóvenes que eligen pasar su noche de viernes recitando poesía, el mundo todavía puede ser salvado por su belleza.

Cuando, hay noches temáticas de poetas –como ha sido el caso de Lorca, el siglo de oro o Pessoa-, la cosa resulta algo artificial. Yo soy de las que opino que la poesía no puede traducirse porque la sonoridad, la caída de una palabra hacia la otra cambia y se transforma en otro poema de baja calidad.

Por otra parte, cuando, en noches como en la de ayer, la noche es libre y cada uno recita lo que quiere –y por tanto, la gran mayoría son de poetas franceses-, recibes, de vez en cuando una punzada de belleza que te anula los sentidos y te recuerda porqué en París, se puede encontrar lo que no existe en ningún otro sitio. Para muestra, un botón:

Nous étions faits pour être libres
Nous étions faits pour être heureux
Comme la vitre pour le givre
Et les vêpres pour les aveux
Comme la grive pour être ivre
Le printemps pour être amoureux
Nous étions faits pour être libres
Nous étions faits pour être heureux

Toi qui avais des bras des rêves
Le sang rapide et soleilleux
Au joli mois des primevères
Où pleurer même est merveilleux
Tu courais des chansons aux lèvres
Aimée du Diable et du Bon Dieu
Toi qui avais des bras des rêves
Le sang rapide et soleilleux

Ma folle ma belle et ma douce
Qui avais la beauté du feu
La douceur de l’eau dans ta bouche
De l’or pour rien dans tes cheveux
Qu’as-tu fait de ta bouche rouge
Des baisers pour le jour qu’il pleut
Ma folle ma belle et ma douce
Qui avais la beauté du feu

Le temps qui passe passe passe
Avec sa corde fait des nœuds
Autour de ceux-là qui s’embrassent
Sans le voir tourner autour d’eux
Il marque leur front d’un sarcasme
Il éteint leurs yeux lumineux
Le temps qui passe passe passe
Avec sa corde fait des nœuds

Nous étions faits pour être libres
Nous étions faits pour être heureux
Le monde l’est lui pour y vivre
Et tout le reste est de l’hébreu
Vos lois vos règles et vos bibles
Et la charrue avant les bœufs
Nous étions faits pour être libres
Nous étions faits pour être heureux

Un Homme passe sous la fenêtre et chante, Louis Aragon

No dejéis de pasar la próxima vez que vengáis a Paris.

martes, 6 de septiembre de 2016

AVANCE MODERADO



Llevo ya unos días en los que no puedo de dejar de mirar horrorizada esa gente que deambula por las calles, cual zombis salidos de un manicomio hablando por un teléfono invisible mediante el manos libres. Me resulta una imagen esperpéntica, como salida de una novela de Bradbury ver la imagen en la que, cada uno, dentro de su individualidad pública, comparte su conversación completamente personal y, sinceramente, que a nadie le interesa con los de su alrededor.

Muchos dirán, y con razón, que esto ha sido así desde el inicio de la era de los móviles. En efecto, así es, recuerdo el horror que causaba, allá por el año 2000, ver a gente hablando por la calle, como si no tuviera un sitio donde hacerlo. Imagino que nos hemos acostumbrado a esto y es ahora, cuando la gente le hablar ya no a una máquina, pero a una persona invisible, lo que me causa estupor. El otro día, sin ir más lejos, pensé que la persona que venía hacia mí, me iba a hacer algo, ya que gesticulaba y musitaba sonidos ininteligibles mientras se acercaba a mí.

Supongo que esto no es más que otro de esos inventos que han cambiado la sociedad, en mi opinión, para peor. Se que es cuestión de opiniones y respeto aquellos que le vean el punto bueno a este artilugio –excepto el claro caso de la conducción-. Sin embargo, existen otros casos en los que me gustaría echar las manecillas del reloj hacia atrás. Por ejemplo, el uso de los grupos de whatsup que, bajo mi punto de vista, ha acabado con las relaciones profundas y las ha limitado a algo superficial, a enseñar una imagen y poco más. Otro ejemplo, el –para mi gusto, detestable- uso del twitter en las conferencias científicas. En efecto, resulta que ahora cuando los científicos "modernos" exponen sus resultados en una conferencia, se toman su tiempo para adornar la charla con chistes malos –muy malos- que luego son aclamados en twitter como si de un circo se tratara. Por el caza-pokemons, ya no voy a ni a nombrarlo, porque no puedo ni empezar a entender como tanta gente inteligente puede realizar semejante derroche de neuronas.

En fin, podría seguir con una larga lista de inventos que no creo que hayan beneficiado mucho la sociedad, pero no lo voy a hacer. En su lugar, voy a enumerar algunos de los inventos que SÍ nos han hecho más felices: la fregona, la maleta de ruedas, el ventilador, el café con hielo, el skype, los vuelos baratos, los juegos de mesa, los picnics en los parques, la poesía, el sushi, y un sinfín de cosas más que, efectivamente, ganan en cantidad y calidad a los inventos horrendos. Dejemos entonces, las manecillas del reloj en sitio.

sábado, 27 de agosto de 2016

PLANETA NO-IMAGINARIO

Esta semana, ha sido públicamente anunciado uno de los hitos que toca más de cerca a la Humanidad como Humanidad: la detección de un planeta girando alrededor de nuestra estrella más cercana, Próxima Centauri. Este descubrimiento, que además tengo el orgullo de decir que ha sido protagonizado por varios amigos míos -un besazo desde aquí Guillem,  Cris y Zaira-, me ha dado también unas ligeros escalofríos al recordar esa fantástica novela de Ray Bradbury llamada Crónicas Marcianas. Me he puesto a imaginar como, en unos años en que nosotros ya no estaremos en la Tierra, pero quizá sí nuestros descendientes, seguiremos con nuestro ritmo de apisonadora y destruiremos cualquiera que sea el Mundo que elijamos estrenar. Ciertamente, esto no es más que Ciencia Ficción a día de hoy.

Sin embargo, una puede reflexionar qué hay implícito en nuestra naturaleza para comportarnos así y quizá, todo venga motivado por este afán de llegar a alguna parte, a darle sentido a las cosas, a nuestra vida, aunque sea ficticio, aunque no hayamos disfrutado durante el camino. Vamos, que la gran mayoría de nosotros tendemos a protagonizar un anti-viaje a Ítaca. Quizá si aprendemos a saborear un paseo, un momento tranquilo, una partida de cartas con los padres, o unas risas con los amigos, no haga falta irnos a buscar un mundo todavía mejor, porque ya estemos en el lugar donde querríamos estar.


(Subtítulos sólo disponibles en inglés)

viernes, 19 de agosto de 2016

DEL LADO DE ALLÁ

Recién llegada de la Argentina, ése país extenso con enormes costas y montañas, voy a tratar de poner palabras a las vivencias que han transcurrido durante estas tres semanas con más o menor éxito.

Así, os contaré, que una vez más, Sudamérica me ha hecho sentir como en casa. Que los argentinos son seres extremadamente amables, que cuentan con la solución a cualquiera que sea tu problema con sólo preguntarles. Que en esa Argentina tan indígena al límite con Bolivia y Chile, existen montañas multicolores –de siete y de catorce, para ser más concretos-, que los cactus gigantescos campan a sus anchas, que pasear por la Quebrada de Humahuaca se asemeja a ser una Curiosity perdida en Marte, que en los cauces de los ríos secos se pueden observar manadas de vicuñas corriendo como gacelas, que existen multitud de pájaros negros, rojos y verdes, jamás visualizados antes, que Alex y David –unos jovenzuelos cuidadores de llamas- se prestan a hacerse una foto sin el menor sonrojo a cambio de un poco de chocolate para llevar a su casa en el medio de la montaña desierta –eso sí, con paneles solares siempre-, que probar el pollo loco de Abra Pampa es una experiencia única y sensorial que te inmuniza para todos los males de por vida, que preguntes por un restaurante a un local en Humahuaca y te inviten a comer asado a casa de unos amigos es mucho más normal de lo que parece, que la mejor cerveza de Argentina es la Imperial, que es difícil de encontrar y requiere una búsqueda concienzuda.

Que ver salir el Sol tras las montañas de Tilcara al amanecer, mientras se toma mermelada casera de uva, es un lujo inexplicable, que observar la constelación del Escorpión, acompañado de Marte y Saturno durante todo el viaje es realmente memorable, que avistar la Cruz del Sur, un Orión dado la vuelta o una Vía Láctea despampanante desde cualquier aldea diminuta suprime las palabras, que en el noroste de Argentina a más de 3000m, las temperaturas suben y bajan más de 20 grados de la noche al día, que la gente vive realmente con muy poco, que sin embargo, ofrecen un plato de pasta gratuitamente y sin pedir nada a cambio, que incompresiblemente- los coches gigantescos último modelo abundan demasiado, que la sanidad es pública y universal, que las recetas médicas se escriben en trozos de publicidad electoral reciclados, que el Chevrolet como auto de alquiler es la última moda, que todas la dueñas de los hostales fantásticos se llaman Patricia –o Pato-, que Charly de Tilcara crea lámparas a partir de calabazas de una manera casi mágica, que comer carne es la única opción posible en Argentina -el pescado es casi tóxico-, que el viaje de Purmacarca en dirección a Atacama consiste en una carretera que quita el aliento a nivel de vértigo y visual, que visitar Salinas Grandes es conocer el concepto –tan borgiano- de infinito, que los tres salares mayores del mundo se concentran en 400km a la redonda, que leer un “Chancho te amo” escrito con piedras en el cauce del río Grande –siempre seco- provoca una mueca de ternura al que lo atraviesa.

Que los domingos de invierno soleados en Salta el parque se llenan de niños creativos, que los campaneros de la catedral imparten conciertos sin pedir permiso, que Heinz y Mónica –dos alemanes instalados en Salta- adoran el vino, el arte, las buenas costumbres y el pan casero, que en cualquier parque se puede encontrar un pobre poni y una pobre llama de exposición, que los 200 años de independencia de los españoles se celebran hasta en las cuevas, que la pampa no es otra cosa más que campos muy planos semi-pelados, que el Altiplano Argentino se parece muchísimo al de Bolivia –no es casualidad que estén al lado-, que la vida vale muy poco en general, que los salteños tan pronto se santiguan cada vez que pasan por delante de una iglesia como responden risueños a la proposición de hacerles una foto, que todas las calles de Argentina comparten los mismo nombres, que el negocio del estanco multi-todo está en auge en esas tierras.

Que viajar a Cafayate por la Quebrada de las Conchas es como protagonizar un cuento de hadas, que regalos como la Garganta del Diablo, el Anfiteatro, el Castillo, el Sapo o el Obelisco te reconcilian con la naturaleza, que la Quebrada de las Flechas es una aventura jasca a través de la ruta 40, que un recorrido guiado por las pinturas rupestres y los observatorio de Cafayate de–¡uy! un montón de años- de la mano de Miriam, sus parcas palabras y sus cabras, no tiene desperdicio, que por el amor a la Pachamama está completamente justificado tirar el vino en la mesa, que el bife es un plato para corredores de fondo, que el bife de chorizo no lleva chorizo ni nunca lo hizo, aunque nadie sabe porqué, que las empanadas –empanadillas españolas sin freír- es un plato tan típico como los pinchos, que realmente son manjares celestiales, que en Argentina todo tiene mil colores, que lo más normal es encontrarse personas-champiñón apareciendo al lado de la carretera haciendo tareas rutinarias, que en Cafayate cualquier vino de la casa sabe a gloria, que un desvío estrecho dirección a los Médanos aterriza en unas dunas inmensas de arena blanca.

Que La Rioja Argentina está llena de restaurantes exquisitos, que en el Joaquín –un bar homenaje a Sabina- una puede leer uno de sus poemas canciones, degustar un cabrito al horno de infarto, o charlar afablemente con sus camareros, que en el parque nacional de Talampaya habitan varias parejas de cóndores de los Andes, que éstos son monógamos y vuelan siempre juntos, que dentro del parque existe una réplica casi exacta de la Sagrada Familia, que el uso obligatorio de guía convierte la visita en atracción de la tercera edad, que la visión de la chuña es sobrecogedora, que este animal se cree descendiente de los dinosauros –y de hecho, camina como tal-, que pagar 200 pesos por lavar un gran saco de ropa interior es un regalo, que realizar carrovelismo en un desierto vacío de sal de la mano de Armando es inolvidable, que los autobuses son el medio para moverse mientras que los trenes brillan por su ausencia, que Andesmar te lleva a los Andes y al Mar, que General Güemes es una estación a evitar esperar demasiado.

Que el Aconcagua, la montaña más alta de América, está escondida entre otras montañas, a sólo 7 km de la frontera con Chile, que cuando por fin se le ve esplendoroso, viene un matamico –una especie de águila- de los Andes a posarse tranquilamente sobre el cartel que marca sus 6900 m de altitud, que cerca de allí se encuentra el precioso Puente de Inca con aguas termales incluidas que les da un color anaranjado, que en Puente del Inca se encuentra la única oficina de correos de toda Argentina con sello propio, que un sello viene a costar un riñón, que los mendozinos realizan tándems bici-vino de la mano de Mr. Hugo los fines de semana, que en la destilería Tierra de Lobo es muy recomendable probar el licor de mandarina de manos de un suizo argentinizado, que Mendoza tiene una plaza central con otra plaza más pequeña en cada esquina, que en un edificio de varios pisos en una de esas plazas, existe un restaurante no anunciado con vistas a los Andes, buena comida y mejor precio, que el restaurante Azafrán en Mendoza es demasiado pijo para ser cómodo, que el trabajo de Url consiste en aconsejar sobre el vino adecuado a su público, que Mendoza tiene socavones en todas sus calles –arreglados con mayor o menos gracia- debido a un terremoto que hundió la ciudad. Que existe un importante gradiente norte a sur –de menos a más- en cuanto a semáforos para peatones, señores champiñones, calzadas y posibilidades de pagar con tarjeta.

Que Buenos Aires es una ciudad preciosa, limpia, ordenada y con luz, que los árboles centenarios de Buenos Aires con sus troncos gigantescos son de las cosas más impresionantes que una haya visto jamás, que el barrio de Boca, lleno de colores, monumentos a Maradona, estadio de la bombonera y bailadores de tango para guiris resulta demasiado turístico casi visualmente, que San Telmo contiene la cuna de mi adorada Mafalda a la vez que una tradición más sana de tango, que Mafalda es un ídolo nacional muy querido en Argentina -al igual que Evita Perón-, que Agustina es la casera más apañada del mundo con sus cápsulas nexpreso, que todos los verbos se acentúan al final -incluso ortográficamente- en Argentina, que el acento porteño derrite nada más escuchar un ¿viste?, que la calle Corrientes es el paraíso de las librerías donde se puede pasar de una a otra –todas inmensas y repletas- casi contiguamente, que los libros están más caros que en Europa –aunque sean de Borges o Cortázar-, que resulta casi imposible encontrar una camiseta blanqui azul número 10 sin el nombre de Messi inscrito, que los abueletes más cultivados se dan cita a la sombra de un árbol milenario en el barrio de la Palermo para jugar al truco todas las tardes, que el Obelisco es el centro neurálgico de la ciudad, que es también un foco de atracción por el que se acaba pasando varias veces al día, que la Casa Blanca es Rosada en Buenos Aires, que la manifestación y la política parece un deporte nacional, que las Madres de Mayo son consideradas como heroínas para mucho, que un buen argentino no puede salir de casa sin su mate y su termo, que los autobuses urbanos intentan constantemente realizar su propio record de velocidad, que pagar con tarjeta siempre provoca un encogimiento de estómago ante la incertidumbre de si funcionará o no, que Buenos Aires está atestado de restaurantes –auténticos- italianos, que el tango improvisado resulta difícil de encontrar para un turista, que una vez identificado resulta clasista, machista e hipnotizante a partes iguales, que la catedral de Buenos Aires se enclava entre edificios y como te despistes, te la saltas, que Serrat y Sabina son conocidos y admirados, que Borges es una referencia para muchos, que en el cementerio de la Recoleta los difuntos compiten con las billeteras de sus vivos.

Que atravesar el mundo en la mejor de las compañías –un besote desde aquí, Rodolphe-, para descubrir otras maneras de ser, vivir, y existir y aún así, sentirte pequeña y también como en casa al mismo tiempo, es un lujo alcanzable que todos deberíamos disfrutar de manera ilimitada.

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad.

El Aleph. Jorge Luis Borges

lunes, 18 de julio de 2016

CALENTANDO MOTORES


Tras una multitud de kilómetros condensados en pocos meses por viajes de trabajo –el eterno verano de Brasil, el otoño de Paris, la luz de Lisboa, el otoño de Paris, el paraíso de Mykonos y el despiadado calor de Atenas, el otoño de Paris, y camino hacia un Bilbao ardiente, con un día de vuelta al otoño parisino el sábado-, este domingo próximo, por fin hago un viaje, pero de los de disfrutar, de los de dejar el ordenador en casa, planear una meticulosa maleta a base de utensilios de montaña, paseos por lo viñedos e incluso algún vestido por su fuera necesario echar un baile, dejar bien guardado en un cajón el estrés y partir de vacaciones.

¿Que a dónde voy? A realizar un viaje deseado y soñado desde hace muchos años. A volver a reencontrarme con mi alma de exploradora –vapuleada por tanto hotel mimético y sin personalidad de usar y olvidar de los congresos-, a respirar aire puro, a observar cielos nuevos, a dejar discurrir el tiempo a su ritmo, a dejarse broncear la piel y cortarse los labios con suavidad, a conversar con gente diferente, a minimizarme durante tres semanas en una cultura cercana y lejana. Me voy a Argentina. 

A la vuelta, os contaré sobre esos mundos. Sobre las montañas majestuosas y los desiertos en las alturas. Sobre temperaturas gélidas y gentes cálidas. En una semanita –lo anuncio desde ya, porque esta semana estaré desbordada-, en este blog cerramos por vacaciones. Que disfrutéis las vuestras, allá donde estéis.

Te gustaría sumar las horas que has pasado viajando a esos sitios [...], pero no sabrías cómo empezar, has perdido la pista de cuántos viajes has hecho por Estados Unidos, no tienes idea de cuántas veces has salido de Norteamérica para ir al extranjero, y por tanto jamás hallarás el número exacto ni aproximado de los miles de horas de tu vida que has pasado entre un sitio y otro, yendo y viniendo, las montañas de tiempo que has dedicado a ir en aviones, autobuses, trenes y coches, el tiempo desperdiciado en esforzarte por vencer los efectos del desfase horario, el aburrimiento de esperar a que anuncien tu vuelo en los aeropuertos, el tedio mortal de estar frente a la cinta de los equipajes mientras esperas a que tu maleta caiga por la rampa, pero nada te resulta más desconcertante que viajar en el avión mismo, esa extraña sensación de estar en ninguna parte que te envuelve cada vez que pones le pie en la cabina, la irrealidad de verte propulsado por el espacio a más de mil kilómetros por hora, tan lejos del suelo que empiezas a perder la impresión de tu misma realidad, como si el hecho de tu propia existencia se te fuera espaciando poco a poco,, pero tal es el precio que pagas por salir de casa, y mientras continúes viajando, esa ninguna parte que se encuentra entre el aquí de casa y el allí de algún sitio seguirá siendo uno de los lugares donde vives.

Diario de invierno. Paul Auster

jueves, 14 de julio de 2016

FISICARTE

En estos días en que el mundo gira, pero nosotros tratamos de girar más rápido que él en un vaivén de viajes, congresos, fechas límites y visitas; ahí va un respiro en forma de un poco física para explicar un poco de arte -o un poco de arte para explicar algo de física-.

 

domingo, 3 de julio de 2016

EL PADRE QUE NOS CRIÓ

Mi padre, Alfonso, es un hombre fantástico. Armado de un tremendo sentido del humor y sin dejar de hacer chistes, ha afrontado todos los problemas de su vida, con fortaleza, coraje y decisión. Aunque con sólo tres años conoció la muerte de su madre en el parto de su hermano y tuvo una vida marcada por la enfermedad, y la desaparición de dos de sus otros hermanos –mi tía Carmen y mi tío Toñín-; el increíble afán de esfuerzo y el afán de superación le dieron motores que le llevaron muy lejos: a luchar por su alegría, por su derecho a labrarse una vida feliz.

Mi padre, con su apariencia seria y su corazón enorme, es uno de los mejores ejemplos que alguien puede tener. A este trabajador incansable, este hombre bueno y voluntarioso que derrocha amabilidad para con quien se cruza con su camino, la vida le ha devuelto amistades muy sólidas, nietos que le adoran, una esposa -mi madre, Carmen- con quien se profesan un amor sólido y unas hijas que le idolatran.

Mi padre, un hombre que siempre ha respetado y apoyado todas nuestras decisiones sin ponerlas jamás en duda, que no ha dudado un minuto en llevarnos a coger un avión o un tren a donde hiciera falta, que nos ha cortado todo el jamón del universo cósmico para que no pasáramos hambre o se ha puesto al mando de una buena jauría de niños insaciables de juegos sólo para divertirlos, nos ha mostrado con su ejemplo cómo a las personas buenas se les abren todas las puertas.

Mi padre, hoy, cumple 70 años y mirándole mientras hago guardia a su lado en una cama de hospital, descubro que la mejor lección que he podido aprender de él –por supuesto, al igual que la estrategia de ese guiñote que domina totalmente- es la de que, a pesar de que las condiciones iniciales puede parecer difíciles, no hay nada que la perseverancia, el buen hacer y el empeño no puedan conseguir. 

Feliz cumpleaños, padre. Que seas muy feliz y que la vida te colme de muchos más años de vida, amor y salud.

lunes, 20 de junio de 2016

EN TIERRA DE ARTES (Y CULTURAS)

Acabo de volver de conocer un país nuevo y que le tenía muchas ganas: Grecia. Aunque tan sólo he estado seis días, cuatro y medio de ellos trabajando y sólo en tres sitios: Mykonos, Delos y Atenas, creo que al menos, he aumentado mi conocimiento sobre este país, tan antiguo, tan anclado en la cultura de Europa y del mundo. 

Así, he aprendido que Grecia es como su bandera, muy azul y muy blanca, que el griego es un idioma con palabras muy largas y muy extrañas que, sin embargo, suena a español de Aragón –si, reconozco que tengo un sesgo-, que te sobresalta cuando escuchas unas palabras y esperas ver aparecer a alguien de tu familia en cualquier momento. Que la impresión que te sobreviene cuando les escuchas hablar en inglés es que van acabar diciéndote que son españoles. Que aprender a dar las gracias conlleva un esfuerzo mental importante: consiste en acordarse de llamar a Evaristo, quitarle la v, añadir una f y poner un marcado acento en la ó. Funciona. Que además, el vocabulario guiri estándar se limita a Jroña que jroña –gracias a aquel anuncio de yogurt griego de hace ya muchos años-, Kalimera, Kalispera y Kalinixta gracias a las reminiscencias a Calimero y su huevo en la cabeza. Que ver los carteles de las cosas en griego, cuanto menos desorienta. Que te sientes aislada en una cultura muy lejana pero gracias a los conocimientos de matemáticas, llegas a reconocer ciertas palabras. Que la escritura occidental de un griego –por ejemplo en los restaurantes- es fácilmente reconocible, más bien cuadrada y de rasgos geométricos como su alfabeto.

Que el peso de una historia larguísima te aplasta en cuanto se sale del metro en Monastiraki. Que visitar la Acrópolis Ateniense – con su espectacular Partenón, y sus otros templos y anfiteatros- es sinónimo de maravillarse –aunque sea a 35 grados y con un sol ardiente- con la majestuosidad de lo que allí se coció hace miles de años. Que automáticamente a tu mente acuden esas imágenes del libro de historia del colegio con el estilo dórico de sus capiteles. Que contemplar la Acrópolis iluminada por la noche desde las terrazas de Plaka, adornada con la Luna y Marte corta la respiración y hace mucho más lógico las creencias en Dioses y mitologías. Que contemplar el estadio Panathinaikó, el primer estadio de atletismo de los juegos olímpicos modernos, todo de mármol blanco no deja palabras para más. Que pasear por el Ágora, una explanada llena de restos arqueológicos donde la filosofía, el arte, la música, o la política fueron inaugurados en la historia de la humanidad, induce profundo respeto. Que tenemos una gran deuda con este pueblo que centró su atención por primera vez en la belleza y exploró los límites de las artes.

Que la fisonomía de los griegos es bidual: existen los griegos salidos de una película, con barba y cabello rizado y nariz griega–tipo Hércules- y los tipos más pequeñitos y achaparrados, más morenos y con narices aplastadas, probablemente descendientes de países limítrofes. Que las sandalias griegas –a lo disfraz de Aquiles- son el producto estrella para vender a los turistas y las tiendas que las venden se encuentran casi en cada esquina. Que por el contrario, las librerías –con excepción de la biblioteca de Adriano, de más de 2000 años de antigüedad- escasean por no decir que son inexistentes. Que los griegos son seres extremadamente musicales, que a nada que les des una lira o un buzuki, se ponen a tocarlo, a cantar o a bailar, según les inspire el ánimo. Que existen ciertas canciones griegas con muchas reminiscencias a canciones de la Ronda de Boltaña o incluso a jotas aragonesas.

Que el carácter griego no es el más risueño del mundo. Que tienen una manera de comunicarse más bien seca y directa, sin andarse con florituras, sin decir una palabra cariñosa que no sienten en realidad. Que me pregunto si no tendrá algo que ver las guerras del pasado y sus Espartas. Que a su vez, están dispuestos a ayudar si lo necesitas, y a contestar aquellas preguntas que hagan falta.

Que la comida griega –como todo el mundo sabe- es deliciosa y con mucha variedad: exquisiteces en forma de musaka, pescado, olivada, hummus, hojas de parra con arroz, yogurt y otras exquisiteces son excelente las pidas donde las pidas, y siempre por un precio demasiado asequible para ser cierto. Que pagar 15 euros por una cena de la que no puedas ni acabarte todo lo que te dan provoca el regocijo incomparable al encontrar un buen restaurante –cosa asegurada en Grecia, me temo-. Así mismo, que el monopolio de los botellines de agua en toda Atenas –incluyendo el aeropuerto- haga que su precio ascienda a cincuenta céntimos provoca una simpatía innata por estos seres que se niegan a aprovecharse de unos turistas sedientos. Que los camareros griegos son capaces de invitarte a otra caña de Alpha y a un postre si les echas suficientes piropos a sus musakas. Que nuestro café con hielo de toda la vida, se llama café frappé en Grecia. Que si lo pides sin leche ni azúcar te dicen abiertamente que eres un poco raruna, pero lo hacen y sabe a gloria. Que el sistema de dejar todas las servilletas de papel enrolladas dentro de un vaso por si necesitas más, es simple, eficiente, limpio e identificativo.

Que Mykonos fue la isla favorita de Jackie Onassis y que allí abundan una mezcla de ricachones excéntricos, jóvenes hippies y gays muy bronceados. Que sentirse por unos días una falsa rica y ver la puesta del sol en el Mediterráneo desde tu balcón o escuchar las olas del mar mientras desayunas es, cuanto menos, una experiencia impresionante. Que dejarse llevar el equipaje ya es demasiado. Que encontrarse a dos amigos de Estados Unidos que hace cinco años que no ves –un beso desde aquí Giu y Michael- , tomando unos días de vacaciones en el hotel de al lado, pone al mundo automáticamente a la escala de pueblecillo. Que la temperatura constante –a cualquier hora del día o la noche- de 24 grados es ideal y perfecta, que esa brisilla que acaricia alivia muchísimo los efectos de un sol abrasador. Que al contrario los 40 grados de Atenas son mucho más aplastantes y se necesitan kilos de crema solar para atreverse a pasear por sus calles. Que Atenas no está demasiado limpia, que siempre hay música y bullicio de fondo, como si hubiera una fiesta latiendo muy cerca en algún lugar. Que hay muchísima gente joven durmiendo en sus calles. Que a nadie parece importarle demasiado. Que darse un garbeo por las islas Cícladas a lomos de un transatlántico cargado con autobuses, coches, escaleras mecánicas y teles de pantalla plana retransmitiendo la Eurocopa hace una se replantee la mecánica de fluidos seriamente. Que abandonar tu asiento y ensimismarse con el azul, la brisa marina es infinitamente mejor que el mejor de los masajes relajantes.

Que a pesar de la situación geográfica de Grecia, enclavada en los Balcanes, limítrofe con Turquía y muy cerca de África, ésta da la impresión de compartir un espíritu mucho más cercano a Europa que a otras culturas. Que los nombres de las regiones griegas sean probablemente los más conocidos del mundo -todos hemos oídos hablar alguna vez de Olimpo, Esparta, Creta, Ítaca, Samos, Rodas, Corinto, etc.-. Que la mitología griega es siempre entretenida y rebuscada a partes iguales –como si de un culebrón de la antigüedad muy almodovariano se tratara-. Que en Delos –uno de los pocos sitios inhabitados del planeta- nació Apolo y Artemisa –siempre según la mitología- porque su madre, Leto, amante de Zeus, era perseguida por Hera y buscaba una isla que le permitiera dar a luz y casualmente Asteria, la hermana de Leto, que no era otra más que la propia isla que vagaba por haber rechazado a Zeus, la albergó. Que al lado del templo de Hefestión, en la Ágora ateniense- se pasea a sus anchas la tortuga griega más fotogénica de Grecia. Que ante su magnificencia, los turistas bajan sus cámaras y observan ensimismados sus movimientos lentos. Que Grecia está infestada de gatos. Que se pasean sin ningún tipo de vergüenza por los bares y restaurantes y dormitan de una manera muy humana con el calor en los bancos a la sombra que encuentran.

Que conocer una pieza clave del puzzle de la historia de la Humanidad parece que arroja algo de luz para comprender muchos de las razones como marcha el mundo.

jueves, 9 de junio de 2016

ORILLAS INUNDADAS


Quería detenerse junto a la orilla y mirar largamente las olas, porque la visión del fluir del agua tranquiliza y cura. El río fluye de una edad a otra y las historias de la gente transcurren en la orilla. Transcurren para ser olvidadas mañana y para que el río siga fluyendo. 

La insoportable levedad del ser. Milan Kundera

lunes, 30 de mayo de 2016

NARICES RESPINGONAS (DE UNA PENÍNSULA)



Acabo de terminar un par de diitas donde me he dedicado a re-explorar Lisboa –aún voy a estar toda la semana, pero de conferencia, el turismo queda clausurado-. Y digo re-explorar porque en realidad yo ya había estado en Lisboa dos veces. La primera hace ya más de ocho años en un puente de la Inmaculada de mi último año de tesis donde, con mi amiga Núria –un besote desde aquí- , nos fuimos allí de aventura. La segunda, hace muchísimos años más, fue con mis padres y hermana en uno de esos viajes vacacionales que hacíamos a diferentes partes de la península Ibérica.

Visitar de nuevo Lisboa me ha sorprendido porque realmente me ha parecido una ciudad casi desconocida. Por ejemplo, la impresión que me llevo esta vez de Lisboa es la de muchas reminiscencias a Granada y a San Francisco –obviamente aquí hablan mis sesgos también-. Granada en cuanto a las calles adoquinadas, empinadas y las colinas desde las que ves otras colinas –por ejemplo, la montaña donde está el Castelo de San Jorge sería como ver la montaña de la Alhambra, bien desde el Albayzin, si se está en el O’Chiado; bien desde el Sacromonte, si se está en la Alfama. San Francisco por esas cuestas de vértigo, esos tranvías tan pintorescos que corren por sus calles, ese mar –o río- azul al fondo que se vislumbra casi al final de cada cuesta y como no, ese puente rojo tan parecido al Golden Gate. Es extraño porque es como si hubiera estado ya en Lisboa pero de otra manera diferente a las que había estado antes.

Aparte de eso, la amabilidad e los lusos, ese idioma lleno de crujidos que hablan y ese arte culinario tan increíble que tienen, no ha cambiado ni un ápice de la idea sobre los portugueses que ya tenía bien establecida. Hace varios años, cuando estuvimos con Núria, recuerdo cruzar el río, subir una montaña para ir a comer dos besugo recién pescados –en serio, vimos llegar al señor con la caña- con su buena garrafa de vinho verde por seis increíbles euros por cabeza. Esta vez, incapaz de volver a ese sitio, me había resignado a que todo sería peor, pero la verdad es que… ir a un buen restaurante portugués es casi para echarse a llorar. Sin parar de sonreír, los camareros del restaurante -que hablan diez lenguas a la vez- te sirven una retahíla de pescaditos, ensalada, patatas, tapitas, vinos... de una manera educada y cordial; y cuando piensas lo que te va a doler al pagar… te cobran 10 euros. Así es. No sólo eso, si te sales un poco de la parte más turística, y entras en una pastelería de barrio puedes tomarte un pastel de leite y un café por la suma irrisoria de 1.65 euros. Y en zona turística –de parada obligada pasar por la Confeitaria Nacional en la Plaça da Figueira y pedirte un coelinho y un buen café mientras aclaras tus pensamientos escribiendo y mirando las fantásticas vista al Castelo desde la ventana. A 2.95 euros la broma.

Mientras las calles de Lisboa siguen manteniendo el punto justo de decadencia –guardado únicamente como reclamo turístico, imagino-, los interiores destacan por una pulcritud impresionante. Los tranvías conviven apaciblemente con los ferries y los buses, todo un poco más lento que una ciudad más “ametrizada” pero aún así con una efectividad bastante impresionante. Otra delicia para hacer, como no, es seguir la huella de Fernando Pessoa e ir a tomar un café a la A Brasileira o entrar en la que dicen que es la librería más antigua del mundo, la Bertrand, justo al ladito.

Supongo que todos estos factores influyen enormemente a que Lisboa esté abarrotada de turistas –he escuchado infinitamente más francés, italiano, español e inglés que portugués estos días-. Eso me ha causeado algo de saudade –¿será el ambiente?-. Por un lado, Lisboa se merece ostentar el título de una de las capitales más bonitas de Europa o del mundo. Por otro, como siempre, la maldición del turista. Cada vez resulta más costoso encontrar un sitio donde la carta no esté en varias lenguas, donde los fados no sean de mentira, donde los miradores no se encuentren llenos de individuos con mochila con un palo de selfies, donde comprar una lata de sardinas no sea un souvenir, o un momento donde la cola para comprar Pastéis de Belém no de la vuelta al edificio. Pero bueno, esa es otra historia, no la de Lisboa, en particular.

Lisboa, un placer volver a reencontrarte.

domingo, 15 de mayo de 2016

GEOGRAFÍA E HISTORIA CON SABOR A CIENCIA

Hace un tiempo llegó a mis manos una herramienta fantástica (sobre todo para los amantes de los mapas, como yo), que aún no había tenido el tiempo de mirar en detalle hasta hoy. La herramienta se llama Caminos a Roma (Roads to Rome en inglés) y es la belleza de demostrar con matemáticas, y herramientas visuales una frase tan sonada como usada como "Todos los caminos llevan Roma".

Los autores, dos trabajadores de la empresa alemana Moovel Lab, quisieron zanjar la respuesta a la pregunta "¿Es eso cierto o no?" Para ello, crearon un algoritmo en el que calculan todas las carreteras que llevan a Roma (en este caso) en Europa, haciendo la línea más gruesa cuanto más rápida sea la carretera (y como casi todo el mundo sabe, carretera más rápida, implica carretera más ancha). Aquí está el resultado:

Como podéis imaginar, la respuesta a esta pregunta es SI, en efecto, todos los caminos llevan a Roma. ¿No es fascinante? ¿No tenéis la sensación de estar viendo un mapa de los Ríos de Europa de aquellas clases de geografía de la infancia? (ninguna relación con Eurovisión, lo prometo). O no os parece también una distribución de capilares de una persona? Desde aquí proponga una idea a continuar para aquel que recoja el guante -yo misma algún día-: Sería magnífico medir el grado de similitud de estas distribuciones con respecto a las de la naturaleza.

Siguiendo estos razonamientos, estos investigadores hicieron cosas muy chulas basándose en otros países (echadle un ojo a los EEUU) o a ciudades particulares (podéis investigar más aquí). Sin embargo, la que me parece más impactante es otra consistente en realizar el mismo ejercicio que para Roma pero buscando las rutas más rápidas para las ciudades más grandes de Europa, cambiando de color cuando una carretera pasaba a ser más rápida para otra ciudad. El -flipante- resultado es este:

¿Qué? ¿Cómo os quedáis? Lo que parece que estamos viendo aquí es, más bien, un mapa histórico de Europa, ¿no? España tiene un aire más cercano al antiguo reino de Aragón y Castilla que a la actualidad; Francia es difícilmente reconocible; Reino Unido tiene igualmente reminiscencias del pasado y otros países más nuevos (de la Europa del Este) están completamente difuminados. De esto, yo creo que se pueden extraer al menos dos conclusiones claras (quizá evidentes para algunos, no para mí). Que las fronteras (al menos en Europa), están ligadas fuertemente a la geografía (al menos de manera inicial), y que los cambios de fronteras debido a guerras o hechos históricos, no han ido tan rápidos como los cambios en infraestructuras. De alguna manera mirad a la red de carreteras es como mirar a la historia de nuestro continente.

Desde aquí mis felicitaciones a sus creadores por una trabajo limpio, claro y realmente interesante.

domingo, 8 de mayo de 2016

ÁNGELES TERRENALES



Tras un huracán de trabajo, viajes, visitas, entregas, preparaciones y agotamiento, por fin parece que empezamos a vislumbrar algo de reposo. La semana que viene acabo mi curso de francés (el último, al menos durante algún tiempo, ahora toca pulirlo conmigo misma) y mis clases en la universidad (aún a falta del examen). Los días se hacen más largos, la gente está de mejor humor y salir a tomarse algo a la orilla del Sena aprovechando a la vez, los rayos de Sol es oficialmente, uno de las mejores sensaciones de esta época del año. En definitiva, que parece que atrás queda ya la oscuridad y la dureza de las etapas semi-nuevas y sólo queda un presente muy apetitoso.

Así que hoy, me apetece escribir. Y lo voy a hacer sobre este tipo de personas con las que todos nos hemos topado que, si bien son terrenales y de carne y hueso, tiene algo de divino, de celestial. Son lo más parecidos a ángeles guardianes que aparecen repentinamente y nos cuidan, nos hace favores y nos conducen a caminos que de otra manera no habríamos podido llegar.

En mi vida, no han parado de aparecer. De ninguna manera, hoy podría estar donde estoy si no hubiera sido por ellos. Gente que cuando todo se oscurecía tenían una lancha salvavidas con un sitio para ti. Gente que te presentó a otra gente, que te abrió puertas de trabajos, de amigos, de médicos, de amores. Esa maravillosa red de contactos de amigos de amigos (o ángeles de ángeles) que crece y se expande porque tiene propiedades infinitas. Aparecidos en numerosas formas: alegría, esperanza, fortaleza, sabiduría, paz, generosidad, sois demasiados para contaros y nombraros. Aún así, llevo algo de cada uno de vosotros dentro de mí. Mi vida, sin ir mas lejos. Hoy, desde aquí, hoy quiero lanzarles un gracias a todos y cada uno de ellos. Gracias.